Mis abuelos eran gente de bien. El negocio que regentaban, y que daba fructuosos ingresos, les permitía ciertos lujos no muy usuales para la época. Y fue en uno de esos veranos, tórridos veranos castellanos de mi infancia, cuando descubrí Los Baños. Amantes de los montes y la naturaleza, de vez en cuando bajaban a las playas del sur. El mar, su salitre, era algo que hacía bien para sus articulaciones, y así me lo recalcaban. Pero ese año, no recuerdo bien cual, un amigo de mi abuelo les habló de una casa de baños cerca de Sacedón. Y mi abuelo, ni corto ni perezoso, encargó a su taxista particular que trazara la ruta y llevara a mi familia allí. Con antelación había hablado con el tal Zacarías, que así se llamaba el amigo, para que pusiera manos en el asunto y reservara alojamiento. La residencia en la que pasamos esos días, cerca de un mes, era una pequeña casa de uno de los labriegos que allí residían durante todo el año y cuya mujer trabajaba en el balneario. Las alquilaban por el estío a los veraneantes para sacar algo más de dinero para pasar el invierno. La Isabela, que así se llamaba tal sitio, era como un paraíso para esos tiempos. Todas las preocupaciones que acuciaban a mis abuelos entonces – las revueltas políticas, el clima de incertidumbre comercial que se avecinaba y sus temores de tener que irse del país- se desvanecieron al cruzar el puente de piedra que, sobre el río Guadiela, daba paso al balneario. Y allí se alzaba el recinto. Majestuoso y con un ir y venir de aguas recorriendo cada rincón de él.
Era un sitio muy familiar y los chicos como yo correteábamos por los parques y jardines persiguiendo gatos y escondiéndonos en los infinitos parajes mágicos que la poblaban. Me gustaba oír el sonido de las muchas fuentes que había a cada paso. Y disfrutaba bastante escabulléndome en sitios insospechados, encontrando tesoros allí por donde fuera. Sobre todo me gustaba colarme por los resquicios de una cruz de madera que, torpemente, tapaba la entrada a través de una ventana trasera en un gran edificio cercano. En esas tardes de sol abrasador, después de la obligada siesta, me escapaba y llegaba a dicho lugar. Con algo de esfuerzo y sin que nadie me viera me metía en esa gran casona. Los del lugar decían que era un palacio. Y lo sería en tiempos, sin duda. Los muebles, los espejos y alfombras que cobijaba cada habitación daban buena prueba de ello. Y yo exploraba poco a poco, a veces con más miedo que decisión, cada una de las estancias. Recuerdo una vez que, con un trozo de hierro que encontré por allí mismo perdido, pude hacer palanca y abrir de esa manera un baúl inmenso. Al saltar los cierres, y después de una nube de polvo, aparecieron unos cortinajes con figuras de otros tiempos. Pero, al sacar dichas telas, descubrí unos libros impresionantes. Unos grandes tomos, con una lujosa encuadernación y con una caligrafía rimbombante, y que comprobé que hacía muchos años que nadie hojeaba. Y allí me sentaba días y días a leer e inspeccionar mis tesoros. El tiempo pasó y con él llegaron los postreros días del mes. Mis abuelos recogieron todos los bártulos, los metieron en dos grandes baúles y al día siguiente volvimos a Alcalá. Nunca más volvimos allí. Nunca se me irá de la cabeza el tesoro que encontré en La Isabela y que allí se quedó. Me juré un día volver, pasear entre los tristes caminos de los infinitos jardines, oler los rosales y el romero que la poblaban y tomar un baño en una de esas bañeras tan señoriales a las que acudían a diario mis abuelos. O a tratar de coger una rana en una de sus fuentes. Cualquier excusa era buena para volver. Pero, sin la menor duda, la mejor razón era el poder rescatar el tesoro que dejé escondido bajo unas tablas en una de las habitaciones de ese caserón. El tiempo me traicionó. Cuando pude volver lo único que vi fue una gran masa de agua que cubría todo. Mi infancia había desaparecido, como así le ocurrió a La Isabela, bajo las aguas del olvido. Y allí me quedé, mudo, con las lágrimas desenfocando un pasado que creía cercano. Sin darme cuenta, me sentí mayor, viejo, perdido. Se habían esfumado mis años de infancia como ya hacía años se habían ido mis abuelos. El baúl de mis sueños ya sólo existía allí, en mis sueños. Y únicamente me quedaba ese equipaje que llevaremos todos en el postrero viaje, esa maleta que nunca pasará ningún control de aduanas: los recuerdos de nuestra existencia metidos en un baúl, de un verano de nuestra vida.
Teresa Viejo nos visitó ayer absolutamente encantada de compartir unas horas con nosotros en estas tertulias de la Librería de Javier y que ya son algo de lo que no podemos prescindir. Hablamos de La Isabela, ese balneario alcarreño que ahora duerme bajo las aguas del pantano de Buendía y que es el alma de su primera novela. La periodista y socióloga pasó días y días en Alcalá, así como en pueblos de Guadalajara, indagando y socavando datos para dar cuerpo a su obra. Y en la tarde del sábado, en la tetería de Carolina, tuvimos ocasión de charlar con ella y poder saber más sobre todo aquello que está escrito, y a veces no tanto, en su libro “La memoria del agua”. Un libro que pone vida y puebla de gentes a ese paraje que ya ha dejado de ser una realidad. Esos personajes que no aparecen en mi breve relato. Un libro el suyo que en sus dos partes, la primera en color -los felices años veinte- y la segunda en blanco y negro -la guerra civil-, nos detalla el paisaje social que a buen seguro existió en esos tiempos en el balneario. Fue un encuentro muy emotivo ya que descubrimos que su abuelo, que trabajó de chófer en el lugar, fue uno de los últimos en salir de las instalaciones del sanatorio psiquiátrico en que se convirtió La Isabela en la contienda. Una obra que rinde homenaje a los nuestros y a nuestra historia y que forma parte de esa memoria histórica que nunca hemos de olvidar.Reseñar queda que el encuentro, que se prolongó hasta la madrugada, fue de lo más intenso y que muchas decenas de personas tuvimos la suerte de compartir la generosidad y el amor que Teresa Viejo pone en todo. Como pequeña muestra de ello os pongo aquí algunas fotos. Sólo recordar a los que hice alguna instantánea ayer por la tarde y que estén interesados en ella, que están a vuestra disposición con la resolución original en la librería o bien pidiéndomelas a través de esta página.
Gracias a todos por vuestra asistencia y vuestro cariño.













Domingo Villar (Editorial Siruela)
Quizás una de las mejores guías editadas desde hace años acerca del Camino de Santiago es la que saca la Editorial El País – Aguilar y que, año tras año, reedita y actualiza. Junto a ella se vuelve a publicar asimismo la Guía del Camino de Santiago del Norte. Son 36 las etapas que describe minuciosamente esta obra en las que detalla mapas de altitudes y distancias entre tramos con los que planificar perfectamente cada jornada de marcha. Las ciudades y pueblos por los que atraviesan están totalmente descritos con todo lo que puede servir de ayuda al caminante, incluyendo puestos de información locales y de restauración.
Después varios años de espera los lectores dispondrán dentro de pocos días de la nueva novela de la periodista e investigadora Julia Navarro. Una obra de más de 1000 páginas y que rompe con su linea de narrativa a la que nos tenía acostumbrados.
No hace falta que me demuestren nada para llegar a saber que el buen gusto de la Editorial Lumen en sus publicaciones es algo que salta a la vista. Silvia Querini, alma matter de la editorial, es quien coordina, selecciona y supervisa cada uno de los lanzamientos. De su saber hacer dan muestra títulos tan importantes como “El cuento número trece”, “La ladrona de libros” o “Un árbol crece en Brooklin”, por sólo citar tres de sus últimos lanzamientos. Pero el estilo que pone en todo lo que toca es algo que no es muy común. Prueba de ello es el cuidado que pone en las galeradas, de las que me llegan puntualmente algunas obras. Y a una de ellas me voy a referir.




A media mañana aparece un cliente jovencito. Delgado, cara amable, educado -da los buenos días al entrar- y comienza a inspeccionar los nuevos títulos. Al poco se dirige a la estantería de mis recomendados y coge uno, no recuerdo cual. Lo abre e introduce su nariz entre las páginas respirando profundo. No recuerdo haber puesto una raya de coca entre las hojas de ningún libro,,, Pero, en fin,,, Me quedo mirando y pensando si será de la familia. Mis hermanos tienen la misma costumbre que yo. Abrir una obra por cualquier lugar y oler entre sus páginas. Cuestión de genes, creo yo. Me mira y, sonriendo, me dice que algo muy importante en los libros es su olor. “Te comprendo, yo tengo el mismo gusto”, le respondo. Después hablamos sobre el erotismo de los libros y sobre las lecturas. Al final se deja recomendar y sale con dos obras de mi estantería. ¡Ay, el erotismo del papel, que nos pierde…!
Hay días señalados en el año. Unos los imponen nuestras propias vidas: el cumpleaños, el aniversario de boda, el día en que los hijos por fin se van de casa… Otros, los más sonados mediáticamente, son impuestos por los grandes almacenes esos que son como el ministerio de comercio del país. Estos son el Día de la Madre, el Día del Padre, la Quincena de la ropa Blanca, el Comienzo de las Rebajas y San Valentín, el Día de los Enamorados, entre otros.
La jugadora de ajedrez
El festín de Babette
Eugenia Rico (Baladí Editores)
Casi un año ha pasado desde la última entrega del conocido escritor italiano. Un año en el que se ha consolidado su fama y ha captado nuevos lectores de todo tipo de edad. En Perdona pero quiero casarme contigo, la segunda parte de Perdona si te llamo amor, la historia continua…



Stefan Zweig (Viena 1881- Brasil 1942), es uno de mis escritores favoritos, nunca deja de sorprenderme, que ya es raro cuando lees varias cosas de un mismo autor, (La Impaciencia del Corazón, Mendel el de los Libros, 24 horas en la vida de una mujer, Momentos estelares de la Humanidad, carta de una desconocida, El Mundo de Ayer) que como en los compositores de ópera, siempre hay algo que suena, igual que en la ópera anterior, aunque sea distinta, de mayor o menor calidad. Con Novela de Ajedrez, publicada en 1.941, poco antes de su suicidio junto a su esposa, el Austriaco, nos despliega ante nuestros ojos el tablero de inteligente y audaz juego, y con sus figuras de peones y reyes, nos sumerge en las vidas de unos cuantos pasajeros que hacen el trayecto New York-Buenos Aires, en época nazi. Buen argumento. A tener en cuenta es el campeón del mundo Czentovicz, arrogante y ambicioso, donde el dinero lo superpone a todo, sabe que sus conocimientos de ajedrez lo son todo, ya que carece de otros y que en medio del viaje tiene que enfrentarse a un serio contrincante, que encierra un cierto misterio. Todos los corazones encierran alguno.





