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Mis críticas: Los enamoramientos

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Javier Marías (Editorial Alfaguara)
400 Páginas – 19,50 €

No soy quien para hacer una crítica de obra alguna de Javier Marías. Su bagaje cultural, que sobrepasa los límites de mi entendimiento, no me hace merecedor de tal empeño. Y, por si fuera poco, la catalepsia que me produce la perfecta prosa del escritor me cautiva de tal manera que, muy a mi pesar, caigo en tal trance gramatical que -aparte de la insana y asquerosa envidia que me genera su escritura- me siento totalmente seducido y enamorado por él (prosaicamente, entiéndase de prosa, hablando).

La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida… (Pag. 11)

Adentrase en un libro de Marías, de Javier Marías, es adentrarse en los dominios del lobo, como nos recordaba en esa su primera novela. Y ya han pasado cuarenta años, que se dice pronto. Marías, Javier Marías, es un escritor único en el panorama español y sus obras, más o menos una cada tres años, son maná que el cielo editorial nos regala, aunque la lectura de esta última me haya durado escasos dos días. Tal era el ansia y el placer de su catadura que me duró poco, bien poco, y me queda, como remedio postrero y bien placentero, su re-lectura y examen minucioso posterior.

María, que trabaja en una editorial en el centro de Madrid, coincide todas las mañanas en el desayuno con una pareja de apariencia perfecta en una cafetería. Al poco deja de verlos y, después de unas vacaciones, pregunta al camarero. Este le informa que el marido ha sido brutalmente asesinado por un gorrilla, un aparcacoches que vive en mendicidad. A los pocos días ve a la viuda de nuevo en el local. Se acerca a ella a darle el pésame y quedan para más tarde a tomar café. Las cosas empiezan a irse las manos en el momento en el que conoce a un amigo de la viuda, y se enamora pasionalmente de él.

Los enamoramientos es, quizá, una de las obras más fáciles de la bibliografía del escritor. Su trama es sencilla y, ante el escaso repertorio de personajes, no hay forma de que se pierda el lector. Otra cosa es que, aquel encauzado a lecturas fáciles de trama -esto es, planteamiento, desarrollo y traca final- se vea perdido ante la grandiosidad de la prosa de Javier Marías. “Ay, no. Ese es un autor que no creo que me guste”, suele ser una de las respuestas (excusas) más pausibles ante el ofrecimiento de una obra del escritor. Enfrentarse a un texto de Javier Marías es pagar un billete para entrar en un reino de palabras en el que el aburrimiento y la mala escritura están prohibidos por antonomasia. Pocas veces un lector puede acceder a una prosa tan perfecta, con tantos matices lingüísticos, tan rica en aspectos culturales y, sin embargo, tan inteligible. Javier Marías escribe en folios pautados y que, al acabar, sin que se note un ápice, nos borra línea a línea ese pentagrama por el que se rige. Su prosa es bella y musical, precisamente por ese impresionante despliegue de soliloquios y disgresiones, y de pautas regidas por la perfecta puntuación de los textos, y que nos seduce y nos enamora, sin posibilidad de escapar. Al acabar, indefectiblemente, tenemos “mono” de su prosa.
En las obras de Javier Marías hay aspectos realmente brillantes. Uno de los que más me sorprende es esa habilidad, me imagino que innata, no me cabe la menor duda, de ralentizar la acción y congelarla durante hojas y hojas sin deterioro den la continuidad o pérdida en la trama. Un ejemplo de ello es el dado entre las páginas 202 a 213, por ejemplo. En un cierto momento la protagonista cree que ha sido descubierta por su amante, en otra habitación, con un sospechoso, en algo que no debería haber oído. Su pensamiento, y sobre todo el discernimiento de qué tipo de ropa ha de ponerse -está desnuda en la cama en ese momento- para que, cuando entre él, si entra y no sale ella, que esa es otra de las posibilidades, no levante sospechas y pueda seguir obrando en confianza. Doce páginas de congelación de acción y discernimientos que son absolutamente deslumbrantes. Y ello se nos ofrece a cada poco, en un claro ejercicio estilístico y de diálogo interior. Un placer de lectura. Pero, como ya dije antes, si a lo que vamos es a saber quién es inocente, quién es culpable y el por qué de los hechos, mejor nos dirigimos a la sección de “best seller” de unos grandes almacenes y cogemos el primero que sea, da igual. Adentrarse a la obra de Javier Marías, en esta o en cualquier otra, es disfrutar de la escritura, de su escritura. Marías es el Ferrán Adriá de la escritura, un laboratorio de experiencias siempre satisfactorias y sensuales; es asimismo el Miguel Angel de la prosa, limándola y perfecccionandola hasta extremos inverosímiles, tales que no sintamos en nuestro tacto lector la más mínima raspadura sintáctica; en fin, nuestro Coco Chanell nacional, en cuyas páginas se respira imaginación, seducción y pulcritud.

Lo que dura se estropea y acaba pudriéndose, nos aburre, se vuelve contra nosotros, nos satura, nos cansa. Cuántas personas que nos parecían vitales se nos quedan en el camino, cuántas se nos agotan y con cuántas se nos diluye el trato sin que haya aparente motivo ni desde luego uno de peso. Las únicas que no nos fallan ni defraudan son las que se nos arrebata, las únicas que no dejamos caer son las que desaparecen contra nuestra voluntad, abruptamente, y así carecen de tiempo para darnos disgustos o decepcionarnos. (Pag. 136)

Podría hablar más. Podría hablar de los juegos literarios con las obras de la literatura francesa a que alude y con las que hace malabares y son el alma de la novela. Podría hablar de ese cierre de obra con la edición de un cuento de Balzac del que se habla en toda la obra y que el propio autor editó hace unos meses en su colección particular. Podría hablar de ese barajeo de los personajes con los que juega y perpetra sus obras, ese universo ya tan nuestro como suyo, y que son viejos conocidos. Podría hablar de cómo en esta novela, y al contrario que en todas las anteriores, una mujer protagoniza la trama y rompe con los clichés establecidos durante cuarenta años… Javier Marías da para mucho. Pero ese mucho se obtiene en esos interludios en los que el lector se detiene y, abstraído, pone en marcha su raciocinio para adentrase en lo que la obra sugiere, en esos dominios del lobo a los que el autor nos conduce, de la mano, en cada texto. Y ello es el meollo de Los enamoramientos porque la obra, en sí, es “un asesinato, no más”.

Javier Marías (Madrid, 1951) es autor de Los dominios del lobo, Travesía del horizonte, El monarca del tiempo, El siglo, El hombre sentimental (Premio Ennio Flaiano), Todas las almas (Premio Ciudad de Barcelona), Corazón tan blanco (Premio de la Crítica, Prix l’Oeil et la Lettre, IMPAC Dublin Literary Award), Mañana en la batalla piensa en mí (Premio Fastenrath, Premio Rómulo Gallegos, Prix Femina Étranger, Premio Mondello Città di Palermo), Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana: 1 Fiebre y lanza (Premio Salambó), 2 Baile y sueño, 3 Veneno y sombra y adiós; de los relatos Mientras ellas duermen y Cuando fui mortal; de las semblanzas Vidas escritas y Miramientos; de la antología Cuentos únicos; de sendos homenajes a Faulkner y Nabokov, y de catorce colecciones de artículos y ensayos. En 1997 recibió el Premio Nelly Sachs, en Dortmund; en 1998, el Premio Comunidad de Madrid; en 2000, los Premios Grinzane Cavour, en Turín, y Alberto Moravia, en Roma; y en 2008 los Premios Alessio, en Turín, y José Donoso en Chile, todos ellos por el conjunto de su obra. Entre sus traducciones destaca Tristram Shandy (Premio Nacional de Traducción 1979). Fue profesor en la Universidad de Oxford, y en la Complutense de Madrid. Sus obras se han publicado en treinta y ocho lenguas y en cuarenta y ocho países, con casi seis millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Es miembro de la Real Academia Española.

Los enamoramientos es otra obra maestra, una más, del mejor prosista en lengua hispana y una de las más perturbadoras de los últimos años.