La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

De qué hablan los hombres cuando hablan de sexo1º LOS AMIGOS.

Federico se había comprado un par de hierros nuevos. Adrián no compartía la afición de su amigo, él, en cuestiones deportivas, era como la mayoría: baloncesto, fútbol, tenis… Adrián le reprochaba con saña a Federico su afición de «pijo», de nuevo rico; esas cosas que entre sonrisas y medio en broma, se dice a los amigos, esos defectos por los que despreciamos a los amigos.
-Tengo que pagar la cuota del club de campo de este año -dijo Federico lacónico, como para dejar bien sentado que lo que dijera Adrián le importaba poco.
-Entretenimiento de pijos -farfulló Adrián.
Federico y Adrián solían verse en el bar de Carlos. Carlos era amigo de ambos desde la juventud. Había heredado el negocio de su padre. A Carlos le gustaba cada vez menos la hostelería; a medida que cumplía años, según se habían quedando atrás la juventud y ahora, casi, la madurez. Carlos le había cogido afición al golf gracias a Federico, juntos habían ido a alguna competición menor. Adrián no los entendía, ni quería hacerlo. Cuando los otros se ponían a hablar de handicap, de par, de equis hoyos…; le daba un sorbo a su cerveza sin alcohol y se dejaba llevar un tanto sumido en cualquiera de sus preocupaciones más frecuentes: la salud de su ex esposa, el paradero de su díscola hija, la posibilidad de encontrar un trabajo que le permitiera ligar el par de años que le restaban para poder acogerse a una digna jubilación anticipada. Los ojos se le fueron detrás de una chica que pasaba por la calle; se palpó la fofa tripa, se sintió deprimido, se quedó mirando a sus dos amigos, que discutían sobre si la cuantía de los premios de la competición en la que se habían inscrito era atractiva o no, y se sintió aún más abatido.
-Por la noche habrá una fiesta; vente Adrián -dijo Federico.
-¿Qué…, no entiendo? ¿Una fiesta de qué? -preguntó Adrián.
-Una fiesta. Después del torneo alguien de la urbanización ha organizado una fiesta. Estamos invitados. Vamos, vente con nosotros; conoces a algunos -dijo Federico para animarlo.
-Y además habrá chicas -añadió Carlos susurrando y reclinándose sobre el mostrador. Y se echó a reír.
-No sé, ya veré. Ya sabéis que nunca he sido demasiado sociable y además el golf…
-¡Joder! ¡Pero habrá chicas! -insistió Carlos, esta vez en voz alta.
Su mujer, estaba en la cocina del bar y lo oyó. Salió y se lo quedó mirando inquisitiva. Carlos se llevó el dedo a la boca en señal de silencio y su mujer se dio la vuelta con un gruñido volviéndose a meter en la cocina.
En ciertos aspectos, Carlos nunca había sido un marido ejemplar. Todos lo sabían.
Federico jamás se había casado. Su carrera de militar profesional no le había proporcionado ni el momento adecuado, ni las ganas de buscar una mujer para el matrimonio. En un tiempo la cuestión le preocupó, ahora ya ni se le pasaba por la cabeza. Federico se hallaba en la reserva desde hacía un par de años, por causa de un accidente cerebral que le había llevado al tribunal militar. Éste, lo incapacitó para pilotar helicópteros. La circunstancia lo tenía amargado, pero jamás hablaba de ello, y si alguien sacaba el tema, o lo eludía, o lo atajaba contundente aduciendo que de eso no se hablaba.
Adrián pensó que, quizá, cambiar la rutina le iría bien y que tal vez pudiera hablar de algo con alguien; de algo que no fuera golf, política, economía o coches.
-Bueno, es posible que vaya -dijo Adrián.
Federico se lo quedó mirando sorprendido, porque conocía bien a su amigo y sabía que cuando decía aquello, es porque había decidido que, casi con toda seguridad, aceptaba la invitación.
-Y además habrá chicas -insistió otra vez Carlos.

2º LA FIESTA.

Era verdad, había chicas, y la mayoría bastante atractivas. Casi todas mucho más jóvenes que los hombres. Se notaba que el anfitrión sabía lo que quería, sabía cuidarse, sabía vestir el momento. Los grandes ventanales del salón del chalet se abrían ante una pequeña praderita de césped que se extendía hasta el borde de una piscina de mediana dimensión. La tarde había caído y una luz mortecina se intensificaba progresivamente desde el fondo de la piscina. A Adrián le gustó aquel detalle de la piscina iluminada. No se bañaba nadie; el agua mecía con su leve vaivén a una desgraciada polilla ahogada. Adrián repasó de manera somera el entorno. Se detuvo lo justo mirando a un par de parejas que charlaban apartadas del resto; estaban sentados sobre el césped. Los hombres, maduros como él, parecían muy locuaces y muy seguros de sí mismos. Las mujeres, dos jovencitas que no llegaban a los veinticinco, escuchaban simulando atención. Ambas entornaban los ojos y ambas dejaban escapar alguna risita de vez en vez. ¿De qué hablan los hombres cuando no hablan de sexo?, se preguntó Adrián. Carlos iba por libre, intentaba ganarse la confianza de otro de aquellos grupitos. A Adrián le pareció que debía de haber contado uno de sus chistes de mal gusto; a ninguno de los hombres les hacía gracia, las mujeres rieron con naturalidad. Adrián entró en la casa. Detrás de un enorme sofá de color beis, sobre una mesa alargada pegada a la pared, se encontraban las bebidas y unas cuantas bandejas con sándwiches, frutos secos y aperitivos variados. Federico charlaba con un tipo alto, algo más joven que ellos y que tenía la misma pinta de pijo que casi todos. Federico se lo presentó.
-Aquí Néstor Campomanes, nuestro anfitrión, aquí Adrián, un amigo pelín amargado que necesita un trabajo urgente, jajaja -Federico río su gracia carente de gracia y añadió-: ¿no sabrás de algo para él? Te advierto que es un gran contable…
-Tanto gusto -Néstor Campomanes le tendió una mano fláccida-. Pues ahora no sabría que decir, pero, si quieres, mándame un currículum por email, Federico te lo puede dar -añadió con desgana.
-¿El qué? -preguntó malintencionado Adrián.
-Jajaja -rió con más estrépito que antes Federico intentando disimular el incomodo-. Este Adrián es un vacilón, no le hagas caso Néstor, ya le paso tu correo electrónico.
Néstor se encogió de hombros y le pasó el brazo por la cintura a una barbi morena que pasaba despaciosa a su lado. La debía conocer bastante bien, de otras veces. Le sirvió a modo de escapatoria de aquellos dos advenedizos; pensó Adrián que pensaría el tal Néstor. La barbi se le colgó del cuello y lo comenzó a besar sin pudor. Néstor les hizo un ademán como de despedida y se dirigió hacia las escaleras que conducían a los dormitorios con la barbi en volandas y sin parar de besuquearlo.
-Podías esforzarte de vez en cuando y ser algo más amable -dijo Federico reprochándole a Adrián.
-¿Por qué casi todos los que juegan al golf son unos pijos o llevan camino de ello? -respondió éste.
-Quizá Néstor podría haberte ayudado -insistió Federico eludiendo la confrontación con su amigo.
-¡Oh!, venga, no seas ingenuo Federico. A este tío le importamos una mierda, y como sigas tomándote tan en serio lo de las pelotitas y los agujeritos vas a volverte un pijo de mierda, te lo digo yo.
Adrián cogió un par de sándwiches de una bandeja, se llenó un vaso hasta los topes de sangría y le dijo a su amigo que iba a dar una vuelta por la casa. Federico se sentó malhumorado en el sofá y se puso a contemplar el Open de Australia (o de donde fuera) en una enorme pantalla de televisión que tenía justo en frente. Alguien comenzó a tocar un piano. No sonaba mal del todo. Duró poco, un equipo de música a todo volumen ahogó los esfuerzos del pianista. Federico apartó la vista del televisor por un instante y buscó a sus amigos: Carlos debía estar fuera, en el jardín; vió como Adrián desaparecía tras una puerta corredera que estaba al fondo del salón. Se arrebujó en el sofá otra vez.

3º LA HIJA.

No, definitivamente no le gustaba la gente a la que le gusta el golf. Deglutió los dos sándwiches que había tomado de la bandeja y se bebió de un trago el vaso de sangría. Encontró un saloncito anexo al principal y volvió a buscar algo para beber. Se agenció una botella de güisqui y se bebió casi media de otro trago. A Adrián no le gustaba nada la gente que va a fiestas de gente que juega al golf; le apetecía emborracharse; ya que había venido no se iba a marchar sin pillar una buena curda por el morro.
El saloncito se hallaba iluminado por la luz amarilla y tenue de grandes cirios situados en cada esquina. Sobre una alfombra cremosa decorada con círculos negros de distintos tamaños, dos chicas medio desnudas hacían la delicia de los presentes con sus juegos eróticos. Adrián hizo intención de largarse de allí, pero alguien se le agarró del brazo con firmeza reteniéndolo.
-Hola. Yo a ti te conozco -dijo la chica que se le había agarrado del brazo.
Adrián se la quedó mirando inquisitivo. Su expresión debía resultar bastante cómica, porque la chica, una espigada y bien formada rubicunda, se echó a reír al instante.
-Tú eres Adrián, el padre de Marta -aseveró la chica.
Adrián notó como se le agolpaba la sangre en las mejillas. La chica se percató del rubor. Le debió excitar la cosa, puesto que se le arrimó un poco más y le besó con calidez en la cara, al lado de la oreja.
-Eres un encanto. Yo soy Raquel -le susurró al oído.
-Tan-tanto gusto -tartamudeó Adrián- Yo Adrián… ¡oh, qué estúpido soy!
Raquel volvió a reír. Se ve que la torpeza del cincuentón la excitaba.
-Óyeme Adrián, te contaré un secreto. Hace años, acompañaba a tu hija a casa algunas veces. Entonces fue cuando te conocí… Vaya, ¿nunca te lo ha dicho Marta?
Adrián se encogió de hombros.
-Pero, ¿tú me recuerdas? -interrogó Raquel.
Adrián negó con la cabeza.
-Bueno, si no me recuerdas está claro que tu hija no te diría nada…
Sobreponiéndose, Adrián preguntó:
-Vale, aún así ¿me vas a decir de qué trata el misterio?
Raquel se apartó medio metro de él, lo examinó de arriba abajo, parpadeó un par de veces.
-Tu mujer y tú, ¿os divorciasteis verdad?
-Hace un par de años -contestó Adrián.
Raquel se le volvió a aproximar a la oreja.
-Si te subes arriba conmigo te digo lo que le decía a tu hija de ti.
Adrián notó como se le ponía dura y la otra le fue bajando una mano desde el hombro hasta la entrepierna. Adrián se estremeció. Raquel rió; lo tomó de la mano. Adrián se dejó llevar. Subieron las escaleras y ella fue abriendo puertas hasta dar con un dormitorio vacío. Se metieron dentro y lo hicieron. Adrián llevaba dos años sin follar.
-Has venido sólo -preguntó Raquel mientras se vestía.
-No, con dos amigos que son aficionados al golf. Oye ¿por qué te vistes? Me gustaría estar un rato más a tu lado.
-¿Y tú?
-Yo, qué.
-Qué si tú no juegas al golf.
-No, yo detesto ese juego. Vamos, quedémonos un rato más en la cama -insistió Adrián.
-Mira, a tu hija le decía siempre que tenías un buen polvo. Por fin te lo he echado. Campomanes nos paga para animar la fiesta, tengo que bajar otra vez.
Raquel abrió la puerta de la habitación.
-¿No te ha gustado? -preguntó Adrián arrepintiéndose al instante por hacer tan estúpida pregunta y notando que volvía a ruborizarse.
Raquel se lo quedó mirando atenta. Esta vez no rió. Ni siquiera dejó entrever un gesto de agrado, o de fastidio. Aquello fue lo que más le jodió a Adrián.
-Eres un tío de cincuenta años -dijo Raquel. Y se fue.
Le volvió a la cabeza lo que acababa de decirle Raquel, lo de que Campomanes les pagaba para animar la fiesta. Le dio un vuelco el corazón. Se vistió deprisa. Salió de la habitación y bajó las escaleras. Desde allí vio como Raquel hablaba con alguien en el vestíbulo de la casa. Era otra chica. Se estaban despidiendo. Se dieron un beso en la boca. Entonces vió quien era la otra chica.
-¡Marta, espera! ¡Soy yo, papá! -dijo Adrián gritando.
Algunos de los presentes se echaron a reír. La puerta de la casa se cerró. Adrián se quedó parado en mitad del salón. Cuando Raquel pasó por su lado le dijo:
-Hace unos años seguro que te hubiera dicho que sí me había gustado.

4º LA PELEA.

Un tumulto proveniente del jardín acaparó la atención de Federico. Se levantó del sofá y salió afuera. Su amigo Carlos parecía ser el núcleo de aquel tumulto. Estaba siendo zarandeado por dos tipos; a uno lo conocía bien, en ocasiones habían coincidido en el Club de Campo, el equipamiento que llevaba costaba más que un utilitario con todos los extras. Se les acercó preguntando que qué pasaba. Se dirigió alternativamente a su amigo Carlos y al tipo del equipamiento ostentoso. Alguien lo interceptó con brusquedad y le dijo que no se metiera. Federico intentó zafarse y entonces recibió un empellón que le hizo dar un traspiés y caer a la piscina. Cuando sacó la cabeza del agua los asistentes a la escaramuza ya hacían corrillo junto al bordillo. Tal vez el golf se le diera bien a Federico, pero en el agua chapoteaba con torpeza. Carlos vino a unírsele enseguida, los dos tipos también lo empujaron al agua; entonces, los espectadores prorrumpieron en burlón jolgorio. Néstor Campomanes, el anfitrión, acompañado de su barbi morena, se acercó atraído por la pelea. Los dos tipos que habían arrojado a Federico y Carlos a la piscina se pusieron a contarle su versión de los hechos de manera socarrona, demostrando el desprecio que sentían por la gente como Carlos y Federico. Esos paletos, dijeron.
Adrián no se había dado cuenta de nada, pero cuando se acercó y comprobó que era su amigo Federico el que chapoteaba y se esforzaba por salir de la piscina, cuando vió que toda aquella gente con el tal Néstor a la cabeza se mofaba de su amigo, cuando se percató de que también Carlos estaba en el agua… Bueno, que se le fastidiara a él con los desplantes con que suele fastidiar al prójimo la gente como Campomanes y toda aquella pandilla de pijos no le agradaba, desde luego, pero asistir a la humillación de un amigo…, de dos amigos, eso sí que le sacaba de sus casillas. El caso es que Adrián se abrió paso decidido y fue a tender su mano a Federico en vista de que nadie hacía por ayudarlo. Justo en aquel instante, otro tipejo de pelo engominado, le pisaba la punta de los dedos a Federico en el momento en que éste intentaba trabajosamente encaramarse al bordillo de la piscina. Adrián le soltó una patada con todas sus fuerzas en los testículos, que hizo que el del pelo engominado se contrajera desplazando su centro de gravedad hacia delante cayendo a la piscina. Más risas. Adrián también se desequilibro, pero hacia un lado. Aquello le libro de irse detrás de el del pelo engominado, no así a uno de los que habían arrojado a su amigo Carlos al agua que, con la precipitación, lo fue a empujar y empujó en vacío… ¡ya iban dos! Empate.
Por fin, Carlos pudo salir del agua y Federico lo hubiera conseguido de no haber sido pisado en la cabeza por el mismísimo Campomanes, que cabronazo era un rato. La barbi rió una vez más la gracia y Adrián actuó como cabía esperar ya que la oportunidad así se lo brindó. Empujó a la barbi, ésta se agarró a Campomanes, y Campomanes, que sólo tenía equilibrio con un pie… ¡cuatro a dos!
Sonó la sirena de un coche… no, de dos coches; de la policía. Alguien la había llamado y acudía presta, como siempre que se la llama, y sobre todo si quien la llama vive en donde vivía Campomanes.
A Carlos, una vez metido en harina, lo del detalle de la policía le importó una mierda. Jugando al golf no sería bueno, pero lo de dar hostias se le daba bastante bien. Al primero que atizó fue al otro de los tipos que no había caído a la piscina y que le habían zarandeado, y luego a otro más que se le puso farruco, y después a un tercero que se le echó encima esgrimiendo un hierro del número seis. Federico no devolvió ninguno de los golpes que fue recibiendo cuando salió del agua y Adrián consiguió escabullirse, en el momento en que dos de los individuos que tenía a su lado se pusieron a dirimir su alineamiento a puñetazos. Entre tanto llegó la policía, Néstor Campomanes les explicó de manera harto convincente lo sucedido y los tres amigos fueron detenidos y llevados a comisaría. Hasta entonces, a Adrián jamás le habían puesto unas esposas, a Carlos sí, Carlos tenía alguna cosilla por ahí de sus años mozos… Federico, no hacía más que decirle al policía que le empujaba hacia el coche que lo dejara en paz, que él era oficial del ejército.
-Entonces con más razón. Te tenía que dar vergüenza montar un pollo como el que habéis montado tus amigos y tú -repuso el policía.

5º LA COMISARIA.

Al entrar en la comisaría les quitaron las esposas. Los agentes que los habían detenido se demoraron un instante dando explicaciones a los compañeros que estaban de guardia en la puerta. Luego llego otro que debía ser subcomisario o algo así. Se puso a vociferar y los otros le contestaron con el mismo tono. Parecía como si discutieran, pero no. Al final, a los tres amigos se les dijo que iban a librarse de ser metidos en el calabozo, pero que al que se pasase un pelo lo hacían dormir entre rejas. Les obligaron a aguardar en una sala donde olía a pies, a meados y a vómitos, depende del banco que se eligiera. Cada uno se decidió por una opción. Esperando, como ellos, había un par de putas desgastadas (por la edad sobre todo), un vejete con aspecto agitanado que no hacía más que pedir tabaco y una pareja (él iba esposado) custodiada por dos agentes. Tardaron más de dos horas en tomarles declaración.
Cuando por fin les llegó el turno, les hicieron entrar a los tres juntos a un despacho amplio en el que había no menos de diez policías moviéndose de un lado para otro. A Adrián le llamó la atención la forma; nunca había visto esta manera de tomar declaración, le resultó un tanto anacrónica. La verdad, es que jamás había entrado en una comisaría salvo para renovar el carné de identidad. Tres funcionarios, cada uno en un ordenador, escribieron los datos respectivos de los tres amigos; cada uno cotejaba de hito en hito la información con sus compañeros, y todo con la más absoluta naturalidad, con relajación, al mismo tiempo, sincronizados. A Adrián le volvió a llamar poderosamente la atención esta especie de empatía profesional. Nombre y apellidos, dirección, teléfono, fecha de nacimiento… Les preguntaron al unísono y al unísono, o casi, respondieron, por lo que no las tenían todas consigo, de que luego los apellidos de Adrián aparecieran en la diligencia de Carlos, el teléfono de Federico en la de Adrián, y las hostias que había repartido Carlos se las adjudicaran a Federico; pero en fin, así estaban las cosas… A Adrián le había tocado una chica (policía); le pareció muy guapa. Le recordaba vivamente a alguien… ¡Ya sabía! Joder, se parecía a Raquel. ¿Sería su hermana gemela? Estaba a punto de preguntarle. Y al final se lo preguntó, que si tenía una hermana que se llamaba Raquel, y ella pareció descomponerse un tanto, y los otros dos compañeros se la quedaron mirando, y Adrián se percató, y Federico y Carlos también. Pero entonces, ella le hizo un gesto desabrido a Adrián y después le dijo que las preguntas las realizaba ella, y que se callase, y Adrián se calló, pero ya no le quitó ojo en todo el tiempo hasta que la otra se lo espetó, que dejase de mirarla así o lo metía en el calabozo, y entonces Adrián le hizo caso.
-Era su hermana gemela o algo parecido -les dijo Adrián a sus amigos cuando terminaron de declarar.
Les mandaron esperar en otra sala que olía a pies, a meados y a vómitos, pero menos que la primera. Estaba custodiada por un agente que les cerraba el paso junto a la puerta entornada.
-¿La hermana de quién? No sé a qué te refieres -dijo Federico.
-Bueno, no tiene importancia. En la fiesta encontré a alguien que se parecía mucho a la agente…
-Joder con la puta fiesta… -murmura Carlos.
-Bueno, si te hubieras contenido… -le recriminó Federico.
-¿Qué sucedió para qué se montara la que se montó? ¿Había necesidad de liarte a tortas? -preguntó Adrián.
-Mira, dejad ya de tocarme las pelotas. Ya lo he dicho en la declaración…, lo habéis oído perfectamente. A mí no me insulta ningún gilipollas, y al que lo hace le atizo -y Carlos se golpeó la palma de la mano con el puño, al tiempo que se sonreía con un deje de amargura dibujado en los labios.
Otro par de horas más tarde los sacaron de la sala, les devolvieron la documentación y les dijeron que Campomanes les había puesto una denuncia. Se podían ir.
En la puerta de la comisaría se hallaba la agente que había tomado declaración a Adrián. Con una seña autoritaria le invitó a hacer un aparte con ella.
-¿De qué conoces tú a Raquel? -preguntó la policía.
Adrián estuvo a punto de decirle que de follar con ella esa tarde en casa de Campomanes; y hubiera sido verdad, pero prefirió contestarle que era amiga de su hija; que también era verdad. Aunque él se hubiera enterado cuando Raquel se lo dijo, o sea, poco antes de que echaran el polvo.
La agente pareció darse por satisfecha y le dijo que estaba bien, que se podía marchar.

6º LA MADRUGADA.

Cuando eran jóvenes, muchas veces habían vuelto de retirada a casa a esas horas e incluso más tarde; de eso hacía bastante. A Federico se le abrió la boca.
-Se está bien: el aire fresco, renovado… Hacía mucho que no volvía a casa tan de madrugada -dijo Adrián.
-Mañana no iré al bar -dijo Carlos-. Llamaré y le contaré al empleado que no me encuentro bien, que iré algo más tarde. Iré luego, después de comer. No se lo quiero decir para que se mantenga en guardia toda la mañana y no holgazanee.
-Mañana es dentro de un rato -murmuro Adrián.
-¿Nos tomamos un chocolate? -dijo Carlos.
-A mí me da ardor de estómago -adujo Federico con languidez.
-¡Venga, vamos! Con unos churritos -acotó Carlos.
-Yo no quiero, me producen acidez los churros -añadió Federico.
-¡Joder! No seas aguafiestas -le contestó Carlos comenzando a perder la paciencia.
-Mejor que nos olvidemos de la palabra fiesta -replicó Federico.
-Bueno vale. Mira, tú te tomas un café con leche y un croissant -sugirió Carlos.
-Vale -respondió Federico conforme. Adrián y Carlos cruzaron una mirada mezcla de complicidad y estupor.
El lugar, una chocolatería de barrio atestada de obreros a punto de incorporarse a la jornada laboral y de algunos grupos de jóvenes que hacían el último alto antes de irse a dormirla, supuraba el aceite de múltiples fritadas por los azulejos de las paredes. El suelo estaba semialfombrado de servilletas de papel. En el techo, unas lámparas de pretendida estética vanguardista desparramaban su luz amarillenta y sucia. Carlos, sacó en una especie de cabina en cuyo frente se abría una ventanilla, los tiques para canjear en barra por el chocolate con churros y el café de Federico.
Se sentaron en una mesa arrinconada justo al lado de los servicios. No quedaba otro lugar libre. Un hilacho de líquido salía por debajo de la puerta del baño de caballeros.
-He pensado seriamente en largarme -empezó a decir Federico.
Sus dos amigos no le hicieron demasiado caso, solamente levantaron la cejas esperando a que continuara hablando. Lo hizo.
-Largarme de verdad.
-¿Tú, largarte, largarte de verdad? -dijo en tono interrogativo Carlos.
-Sí, yo. ¿Acaso te extraña?
-Sinceramente sí, en ti no me cuadra -contestó Carlos.
Los tres se quedaron callados, cruzándose huidizas miradas. Federico se fue bebiendo a sorbos el café. Carlos se comió sus churros y la mitad de los de Adrián.
-Y ¿dónde has pensado largarte? -preguntó Adrián.
-A Venezuela -respondió Federico con prontitud.
-¡A Venezuela nada menos! -exclamó Adrián y enseguida añadió-. No lo entiendo muy bien, la verdad.
-¡Joder, Venezuela! Allí hay chicas -recalcó Carlos.
-Eso mismo… -respondió enigmático Federico. Y como se calló sus amigos quisieron saber más.
-¡Venga coño! Deja de hacerte el interesante -dijo Carlos.
-Eso, deja de hacerte el interesante. Creo que a Carlos no le falta razón cuando afirma que en ti no cuadra. ¿Nos quieres dar más detalles? -casi exigió Adrián que comenzaba a interesarse de verdad.
Federico se lo pensó un instante, luego dejó escapar una sonrisilla cómplice, se encogió de hombros y comenzó a hablar:
-Sí, Carlos tiene razón…, allí hay chicas. Hace unos meses conocí a una. Es joven, es atractiva, es simpática. Siempre está diciéndome que vaya a visitarla.
-¡Hombre, pero eso está muy bien! -exclamó Carlos-.Yo si hay chicas, ya sabéis. Jajaja.
Adrián no dijo nada. Federico dejó pasar otros largos segundos hasta que confesó:
-Me gustaría casarme.
-¡No me jodas tío! ¿Estás loco o qué te pasa? -dijo Carlos.
Esta vez Federico respondió al instante.
-Me pasa lo que nos pasa a los hombres cuando ya no hablamos de sexo, ni de nada y sentimos que todo, incluyendo los amigos, se aleja.
-Ni más ni menos. Te pasa que te sientes solo y punto -dijo Adrián.
-Exacto, cada vez más solo -subrayó Federico.
-Bueno, al menos irás a un sitio donde hay chicas -insistió Carlos como hablando para sí.
Luego salieron de aquel lugar. Se despidieron en la puerta y cada uno tomó la dirección de su casa. Bueno, Adrián no, Adrián no tenía ganas de ir a ninguna parte; menos aún a su casa. El sol caldeaba el aire. Aspiró profundamente y se dejo llevar sin rumbo, cotejando las variables que le permitieran dilucidar si Federico estaba loco como decía Carlos, o por el contrario hacía bien con lo de irse a Venezuela para casarse.

7º EL CAMINO.

Anduvo, y anduvo, y anduvo… Adrián cruzó una carretera, y después un puente que salvaba el cauce de un río casi seco, y luego se desvió por una pista de tierra, y más tarde se aventuró en un camino que partía de la pista de tierra y que acababa transformándose en una senda que trepaba la vertiente norte de un cerro. Anduvo, y anduvo, y anduvo… sin parar, hasta que tuvo sed y no supo muy bien donde estaba y el sol se hallaba bien alto. Entonces, por fin se detuvo y contempló el paisaje que se abría a sus pies: el camino que se interrumpía en el borde del cortado de arenisca; la pared que caía a plomo una centena de metros sobre el río. Desde allí, la ciudad y los alrededores se dominaban perfectamente; casi tuvo certeza de la ubicación de su casa, y de la del bar de Carlos, y de la mismísima churrería en la que había estado con sus amigos unas horas antes; incluso, tal vez, de la comisaría y la urbanización de las afueras donde Campomanes hacía las fiestecitas en su chalet. El campo de golf lo localizó sin problema. También se preguntó si su hija y su ex esposa estarían por allí dentro, en alguna parte de aquel gigantesco termitero. Desde la distancia todo le parecía tan accesible, tan fácil de alcanzar con la mano, de manipular. Miro en derredor, no había nadie. Le dieron ganas de ponerse a llorar. Lo hizo. En silencio. Y desde el silencio llego, ascendiendo risco arriba, el rumor del riacho que corría allí abajo, oculto por la alameda que también comenzó a tremolar a causa de una ligera brisa que recorrió la ribera. A Adrián, le pareció que, la manera errónea de entender la vida, con frecuencia nos oculta el horizonte, la vista de lo que tenemos cerca, el sonido de cuanto nos rodea, la luz de nuestra propia existencia. No sabía por qué, él, que era un ser vulgar, tenía que embrollarse ahora, a sus años, con planteamientos existenciales, pero el caso es que lo hacía y… bueno, pensó que tampoco le haría mal.
Desanduvo el camino. Al día siguiente tendría agujetas, llevaba años y años sin hacer ejercicio y aquel paseo representaba mucho más de lo que caminaba durante seis meses seguidos. Hasta los treinta y cinco o por ahí, había sido un deportista aceptable, pero acabó desmotivándose; se dijo, como para convencerse a si mismo (engañándose), que la educación de su hija y el trabajo le quitaban demasiado tiempo. Lo dejó. Comenzó a fumar más de la cuenta. Engordó. También bebía, no mucho, pero bebía. Un día se sintió mayor; acababa de cumplir cuarenta años. Luego vino lo del despido y lo de ir de un trabajo a otro como un colibrí. Fue él quien abandonó a su ex esposa. Ella enfermó. Adrián se había arrepentido muchas veces… de todo. De lo de su hija también se sentía responsable.
Justo cuando atravesaba el puente que lo llevaría de vuelta a la ciudad sonó su teléfono móvil. Era un mensaje de texto, lo esperaban en la Oficina de Empleo con una oferta de trabajo; fue directamente para allá. Adrián había trabajado siempre como dependiente, tenía estudios, pero nunca fue ambicioso y se acomodó. En la Oficina de Empleo le dieron una citación para presentarse en un estanco. Se entretuvo un momento en casa para asearse y acudió presto a la dirección del establecimiento. El tipo, el dueño del estanco, era un vejete cejijunto y encorvado que debiera estar jubilado; al menos eso le pareció a Adrián.
-¿Fumas? -se interesó el vejete.
-No, lo dejé hace tiempo -contestó Adrián.
-¿Bebes? -continuó el vejete.
-También lo dejé hace tiempo.
-¿Estás casado, tienes hijos?…
Y así, durante un buen rato, se prolongó el particular interrogatorio.
El vejete asintió y negó varias veces. Era de los que escuchan y toman nota. Adrián, incluso se decidió a detallarle aspectos privados como lo de su hija díscola y la enfermedad de su ex esposa. Así al menos se desahogaría, pensó. Algo debió impresionar al vejete, ya que, bruscamente, le hizo seña con la mano para que se detuviera.
-¿Te gustan las chicas? -le soltó a bocajarro.
-Si -contestó Adrián.
-A mí también. Me encantan -dijo el vejete guiñándole un ojo.
Adrián se dispuso a continuar su particular currículum vítae, pero el vejete le hizo otra vez seña. Que así valía, subrayó; que ya no necesitaba saber más. Le ofreció un sueldo bastante por debajo de lo que Adrián hubiera estimado como justo, pero aceptó. Jornada partida, obvio. Los sábados por la tarde y los domingos no se trabajaba. Si era competente y formal le haría contrato fijo pasados los seis primeros meses. Comenzó al día siguiente. También, al día siguiente, Adrián se apuntó a un gimnasio y se compró una bicicleta estática.

8º LAS HERMANAS.

Su recién estrenada condición de estanquero no era nada especial, pero de pronto se sentía rejuvenecido, más vital al menos. El vejete no era mal tipo. Estaba viudo, tenía un hijo medio lelo al que le gustaba pintar; tenía el estanco de su padre lleno de flores horripilantes, de jilgueros con garras de buitre y de pasajes extraídos directamente de sus miserables delirios. A Adrián le hacía gracia el vejete, devolvía el cambio a la antigua usanza, con una mano, contando los céntimos mientras iba soltando las monedas sobre el mostrador. El vejete se pasaba las horas encorvado sobre un diario de derechas, se lo leía de pe a pa y procuraba despachar a las chicas; le volvían loco. A su hijo no. Menos mal, pensaba Adrián, si encima de gilipollas hubiera sido también salidorro…

Luego de cerrar al mediodía no hacía gran cosa. Algunas veces se tomaba algo en el bar de Carlos. Con Carlos no se llevaba igual que con Federico, Carlos siempre estaba pensando en las chicas, como su jefe, el vejete. Federico se había ido por fin a Venezuela; les había dicho que le daba lo mismo gastarse el sueldo en España que allá, y si encima le iba bien con aquella chica…
Adrián le cogió el gusto a lo del gimnasio y a la bicicleta estática, en tres meses bajo mucho de peso, se encontraba más ágil, y no eran fantasías; un domingo se levanto pronto decidido a subir hasta el cerro desde donde había contemplado el panorama de su ciudad, su propio panorama. Lo hizo, subir hasta el cerro, pero es que además lo hizo corriendo, a «trote cochinero» como vulgarmente se dice; lo hizo, que era bastante. Le gustó, decidió que, al menos, lo repetiría una vez por mes.

Era mediados de otoño, un cielo a ratos aborregado, a ratos soleado, invitaba a disfrutar de la benignidad de aquel domingo. Adrián, según costumbre adquirida, acababa de regresar de su carrerita de ida y vuelta al cerro. En el bulevar de los plátanos algunos cafés y bares de la zona acostumbraban a colocar sus terrazas. Él iba a lo suyo, con su trotecillo y no se dio cuenta hasta que, a punto de sobrepasarlas, una de las hermanas le chistó.
-¡Adiós señor deportista! -no supo si quien se dirigió a él fue Raquel o Cristina.
-¡Eh! Vaya, que sorpresa sin son… -Adrián se sintió incómodo, pero se rehizo pronto.
-¿Cómo está mi maduro deportista favorito? -Raquel se mostró locuaz, como acostumbraba.
-Bien… bien gracias. No os había reconocido, perdonad -dijo Adrián.
-Te encuentro mucho más delgado que la última vez que nos vimos. Tienes buen aspecto -subrayó Raquel.
-Gracias, vosotras también estáis muy guapas -y dirigiéndose a Cristina añadió con ironía-. Sin el uniforme de poli también estás atractiva y te encuentro menos parecido a tu hermana, fíjate.
Cristina dejó escapar una sonrisa que Adrián secundó. Raquel pasó directamente al contraataque.
-¡Vaya! A ver si resulta que mi hermanita va avenir a quitarme a los padres de mis amigas -dijo, y se echó a reír cuando vió el sonrojo que le subía a Adrián- Jajaja. No temas hombre, estaba bromeando… además, mi hermana y yo nos lo contamos todo; también estamos dispuestas a compartir algunas cosas, ¿verdad Cristi?
-¡Venga, deja ya de decir tonterías! -exclamó Cristina, a quien toco esta vez lo de sonrojarse.
-No le hagas caso, es decir, házmelo a mí. Me ha preguntado no sé cuantas veces por ti. Confiésalo hermanita, ¿me has preguntado o no me has preguntado por él?-a Raquel no parecía importarle que su hermana pudiera quedar en evidencia.
Percatándose de la situación, Adrián quiso echar un cable a Cristina. Se dirigió a Raquel:
-Hace tiempo que no sé nada de mi hija. ¿Sabes algo de ella? Creo que desde el día de la famosa fiestecita en casa de Campomanes, cuando escapó al enterarse de que yo estaba allí, no la he vuelto a ver.
Raquel negó con la cabeza y entonces Adrián, no supo muy bien porqué, miró a Cristina y añadió:
-Imagina la relación que tengo con ella…
-Lo imagino… y lo siento -dijo Cristina. Y no dijo más, pero Adrián saco conclusiones.
Raquel extrajo un cigarrillo de una pitillera y le pidió fuego a dos modernillos que no quitaban ojo a las hermanas. Raquel se hizo la interesante y uno de los modernillos le dijo algo a lo que ella respondió con un gesto de coquetería. Adrián se había preguntado en más de una ocasión si la poli sería igual de frívola que la hermana. Ahora estaba convencido de que no se parecían mucho; también se daba cuenta de que le gustaba Cristina.
-Me gustaría invitarte a cenar un día y a tomar algo -le dijo y en ese mismo instante se arrepintió. ¿Por qué tenía que complicarse la vida así? ¿por qué era tan estúpido y presuntuoso pensando que una chica a la que doblaba en edad?…
-No me parece buena idea. Mejor no -respondió Cristina.
Adrián le tendió estúpidamente la mano en señal de despedida, dijo adiós a Raquel que no le hizo ni caso (estaba charlando animadamente con el modernillo) y luego se marchó. El último tramo hasta su casa lo cubrió a un ritmo de carrera mucho más intenso al acostumbrado.

9º LA EX ESPOSA.

En el fragor de una de sus frecuentes discusiones se lo dijo, que lo que sucedía es que uno no podía pasarse toda la vida amando a la misma persona. Emma, su ex esposa, pareció no hacer demasiado caso de aquella frase, pero al día siguiente le pidió explicaciones, entonces Adrián matizo, dijo que, quizá, muchas personas sí que fueran capaces, pero que él no, el no era capaz de amar toda la vida como ella hubiera necesitado ser amada. Luego la abandonó, definitivamente la abandonó. Habían pasado cerca de diez años y Adrián nunca más había vuelto a amar a otra mujer.

Contempló su cara demacrada por la enfermedad; el cutis cerúleo, cada vez más distante, fugitivo de vida, funéreo. Pensó que ahora era muy fácil echar mano de los sentimientos y reconocer su mentira, o su equivocación, o su fantasía; ser benévolo consigo mismo, afirmar que había errado, que sí se había pasado toda la vida, la que a ella ya le faltaba, amando a la misma persona.
Durante un largo mes Emma agonizó en el hospital. Marta apenas se había separado de ella en todo ese tiempo y Adrián también iba en cuanto salía del trabajo: a la hora de la comida, por la tarde… Solía quedarse a dormir; dormían los tres juntos en aquella habitación que olía a desinfectante y medicinas. Durante un mes fue el hogar recuperado. Incluso Adrián llegó a sentir cierta emoción, ese sentimiento exclusivo del macho, del cabeza de familia, del jefe, que consiste en saberse de alguna manera responsable del clan cuyo fin es medrar, mejorar y perpetuarse. Cada vez que recuperaba la conciencia Emma sonreía, le agradaba comprobar que de nuevo estaban los tres juntos. Adrián se lo decía a Marta, y Marta asentía. Durante un largo y doloroso mes recuperaron la razón perdida. Fue un espejismo, Emma murió.

Afortunadamente eran pocos de familia, Adrián hubiera detestado un entierro tumultuoso. Acudió una hermana que había dejado de hablar a Emma antes de que se casaran y que ni lo saludó; acudieron también un par de vecinos y sus amigos Carlos y Federico (éste acababa de llegar de Venezuela) y acudió su jefe, el vejete cejijunto, acompañado de su hijo medio lelo. El vejete le abrazó con franqueza y el hijo insistió en colocar sobre el nicho de Emma una burda copia del Cristo de Velázquez que, aunque de proporciones moderadas, ocultaba no sólo el nicho de Emma, sino los dos que lo flanqueaban. Adrián se conmovió con el gesto de ambos.
Adrián esperó a que todos se marcharan para hablarle a Emma:
-Las personas se aman, pero como no se puede amar toda la vida a la misma persona, un día se deja de amar a esa persona y entonces se la debe abandonar para que esa persona pueda amar a otra… y tú también, tu también pudiste amar a otra persona Emma. ¿Por qué no lo hiciste? ¿Acaso preferiste dejarte morir? Al cabo ninguno de los dos hemos sido felices y ahora… Ahora quiero que me liberes Emma, me gustaría ser feliz. …Sabes, era mentira Emma, aunque un día te abandonara era mentira, yo siempre te he amado. Adiós Emma.

Hacía frío, acababa de entrar el invierno, era casi Navidad. El cementerio también estaba al otro lado del puente que había que cruzar para ascender al cerro. Atardecía. Le pareció que alguien, una mujer, lo seguía, le pareció que podía tratarse de la amiga de su hija Marta, de Raquel, o tal vez de su hermana Cristina. Sí, pensó que podía ser Cristina. Apresuró el paso, no supo por qué lo hacía pero apresuró el paso y por fin echo a correr. No se detuvo hasta que supo que nadie lo seguía. Sin querer llegó hasta la casa que había compartido con su mujer y su hija durante años, la casa en la que olía a Emma, que guardaba casi todo lo de Emma. Era como la cola que se extingue del cometa que ha pasado. Adrián llamó al portero automático y enseguida le contestó su hija Marta. Le abrió. Adrián le dijo que quería quedarse algún tiempo allí, si no le importaba. Marta le dijo que ella no podía, que si él así lo quería que vale, pero que ella se iba. Le dejó un juego de llaves y se marchó. Le dijo que iba a pasar una temporada a casa de una amiga y que tal vez se fuera de viaje a Italia.
Aquella noche, Adrián se acostó en la cama de matrimonio. No podía conciliar el sueño. Se puso a abrir cajones. Contemplo la ropa interior de Emma, rebuscó entre sus papeles y objetos personales; nada concreto. Se durmió muy de madrugada. Por la mañana fue a comprar el pan al sitio de siempre, pero el sitio de siempre ya no existía. Desayunó, comió y cenó solo. Lo repitió un par días. Apenas salió de su antigua casa.
Se reincorporó al trabajo y procuró hacer vida normal. Por la tarde subió al cerro. No le importó que la noche se le echara encima, se sabía el camino de memoria. En la creciente oscuridad distinguió unas luces, parecían farolas. Se acercó curioso; una carretera a la que nunca había prestado atención pasaba a unos cuatrocientos metros del camino. Descubrió que, muy cerca de la carretera, ocultos por un par de hileras de frondosas coníferas, había algunas viviendas pareadas.

10º EL REENCUENTRO.

Todas las viviendas pareadas eran iguales, todas tenían un jardincito en la entrada y un par de ellas un anuncio de se vende o alquila con un número de teléfono. El lugar le gustó, tomó nota de los números de teléfono. El tipo de la inmobiliaria le dio un precio más que razonable tanto para la opción de compra como para la de alquiler. El tipo de la inmobiliaria se sinceró, le dijo que prefería decirle la verdad, porque luego ya se sabía… El tipo de la inmobiliaria le dijo a Adrián que aquellas pocas viviendas pareadas no eran más que una ínfima parte de una macro urbanización que se iba a construir y ya no se construiría, porque ni la Agencia de Medio Ambiente ni el Gobierno de la Comunidad lo permitían, que el acceso no era muy bueno, una pista de tierra que, muy al final, llegando a las viviendas, se transformaba en carretera asfaltada. Adrián pensó que aquel era el lugar ideal para él. Dos días más tarde dejó su apartamento y se mudó definitivamente a la «casa del cerro», como desde el primer momento llamó a su nueva morada. Por la mañana, simplemente se dejaba caer cuesta abajo en la bicicleta que se había comprado. No tardaba más de quince minutos en llegar al trabajo. Al mediodía comía en cualquier parte. Incluso continuó pasando por el antiguo piso familiar con la esperanza de coincidir con su hija Marta, pero se ve que su hija Marta prolongaba y prolongaba su viaje… o lo que fuera. La vida de su hija Marta estaba definitivamente desvinculada de su vida.

Federico se fue a Venezuela, y se casó, y después se divorció, y enseguida se había vuelto a España. Federico se lo contó a Adrián y a Carlos aquella mañana en que coincidieron en el bar luego de un tiempo. También les contó que la chica con la que se había casado en Venezuela y de la que luego se había divorciado, le telefoneó a los dos meses diciéndole que estaba embarazada. Federico no le negó el derecho a la pensión económica que le exigió la venezolana. Sabía que jamás la volvería a ver, y a su hijo (estaba casi seguro de que no era hijo suyo) tampoco. Federico les dijo a sus amigos que, luego de poner el asunto en manos de un abogado, había decidido despreocuparse. También dijo que estaba buscando un nuevo club de golf, que le apetecía volver a jugar. Carlos se mostró eufórico, le invitó a darse de alta en el suyo. También se celebraban fiestas de vez en cuando; nada que ver con las de Campomanes, allí la gente era más «normal» y las chicas también, las chicas también eran más normales. Al oírle decir eso, a Adrián le dio una punzada en el corazón, pero no dijo nada.
-¿Por qué no te haces socio tú también?… -le dejó caer Carlos a Adrián.
-Ya sabéis lo que opino del golf -contestó tajante Adrián poniendo gesto de fastidio. Y después añadió:- Señores, ha sido un placer volver a reencontrarme con vosotros. Me alegro de que estéis bien y de que todo siga más o menos igual que siempre… Ya nos veremos. Hasta la vista.
A Federico y a Carlos, Adrián siempre les había parecido un tío un tanto excéntrico. Se encogieron de hombros y siguieron hablando de lo suyo, del golf y de las chicas.

Cuando salió del bar, Adrián miro al cielo y respiró hondo. Luego echó a andar y se obligo a sonreír sin saber en concreto la razón por la que debía hacerlo, pero lo hizo. Entonces escuchó un «hola» fresco, femenino y amistoso a su espalda, era Cristina.
-¿Cómo… estás…? -dijo procurando dominar la sorpresa sin éxito. E inmediatamente se le ensombrecieron los pensamientos; quizá podía haberse equivocado de hermana…
-Cristina, soy Cristina. Y estoy bien, muy bien -respondió ésta percatándose de que algo no funcionaba.
Los dos quedaron mirándose como un par de bobos hasta que Cristina volvió a decir:
-Te he estado buscando. Hace días que no duermes en casa ¿verdad?
-Ya no vivo allí -dijo Adrián con sequedad, y como se dio cuenta procuro arreglarlo con otra pregunta. De pronto sintió que le horrorizaba que Cristina se despidiera con un vaya, si es para mejor me alegro, nos vemos; o con un ¡ah! vale, bueno ya charlamos, hasta la vista…
-¿Cómo has dado conmigo?
-¿Olvidas que soy policía? -Cristina le guiño un ojo al tiempo que dejaba escapar un sonrisilla malévola-. ¡Bah! Ha sido fácil -añadió-, sabía que tarde o temprano podría encontrarte en el bar de tu amigo.
-Claro, obvio. Que tonto soy… -dijo Adrián.
Volvieron a mirarse como bobos, pero esta vez se sonreían. Por fin habló Adrián.
-Bueno y ¿para qué andabas buscándome? Te juro que desde lo de la pelea en el chalet de Campomanes no he vuelto a «delinquir».
-Jajaja -la sonrisa de Cristina le pareció maravillosa-. ¿Recuerdas aquella vez, cuando me encontraste con mi hermana y me propusiste…? -Cristina dejó que la frase se diluyera.
-Si, lo recuerdo perfectamente -esta vez fue Adrián quien echó el cable.
-Bueno, he pensado… Hum. Si me invitas a comer te cuento lo que he pensado.
-Por supuesto-. Respondió Adrián al instante como para espantar residuales jirones de los sombríos pensamientos.
-Vamos, elige tú el lugar. Lo de invitarme era para romper el hielo, pagamos a medias -acotó Cristina.
-¡Por favor! Será un placer. Soy un caballero… creo-. Dijo Adrián.
-No lo pongo en duda, sin embargo… -Cristina calló al tiempo que, de manera despaciosa, hacía el gesto de colgarse del antebrazo de Adrián. Apenas le rozó, éste se encogió en un acto reflejo que hizo rectificar a la chica.
-Lo siento -dijo Cristina apartando la mano-, no pretendía incomodarte-.Y añadiendo en tono más bajo -Tampoco que te produjera rechazo, la verdad…
-No malinterpretes mi reacción, en estos últimos tiempos me he ido transformando en un viejo y arisco montaraz; sobre todo desde que me he mudado a la «casa del cerro». Pero también te digo que he sido siempre un tímido encubierto. Mi reacción venía más bien por ahí. ¿Qué ibas a decirme cuando te has quedado callada?- Insistió Adrián.
Cristina pareció dudar; lo miró de reojo y por fin respondió:
-Iba a decir que sin embargo deseaba ir descubriéndolo poco a poco. Descubriéndote-. Subrayó la última palabra.
Adrián le tendió el antebrazo y Cristina se agarró de él.

Enrique Javier de Lara.


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

2 respuestas hasta ahora.

  1. Enrique Javier dice:

    Hola:
    Mil gracias por publicarme mi relato, sin embargo hay algo que está incorrecto, supongo que lo puse mal, fal ta un NO. El título correcto es:
    DE QUÉ HABLAN LOS HOMBRES CUANDO NO HABLAN DE SEXO.
    Gracias y Feliz Navidad.

    E.J. de Lara


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