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Tinto de verano: La incultura general, gracias a Dios.

[1]Rosa es una profesora de español afincada en Ohio, estado que viene a ser, dentro de los Estados Unidos -para que nos entendamos- lo que Lleida es para España. Todos los veranos se acerca por la librería a que le recomiende obras de autores españoles que no sean el típico éxito de ventas copia de los best seller americanos. Entre ellos se ha llevado libros de Paco López Mengual, Nuria Riera Carrillo, Santiago Pajares, Alberto Torres Blandina y otros tantos escritores con textos originales, frescos y de gran calidad. Su madre, a veces, cuando ella se lo encarga, viene a por ciertos títulos que descubre en mi página web para enviárselos a América. Esta mañana ha estado en la librería. Y hemos charlado largo y tendido sobre literatura. Me comenta que, en Ohio, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar obras que no sean los típicos éxitos de las librerías de grandes almacenes. «He tratado de conseguir alguno más de los libros que me has vendido y me es imposible. Ni siquiera de importación», me comenta. Y al rato, entre la distendida charla, me suelta una jugosa anécdota.
«Estaba de vacaciones en México y me pregunté si sería rentable comprar libros allí para los alumnos de la universidad. Entré en una gran librería y vi que tenían unos libros muy prometedores. Así que, ni corta ni perezosa, me hice con una maleta llena de libros para poder tener material para mis clases. Además, aprovechando, compré unas baratijas de la zona, ya sabes, esos muñecos de colores vistosos tan típicos de México. De vuelta a casa, me extravían la maleta. No veas el disgustó que me llevé. Pero, al poco, me llaman para decirme que la han encontrado y que me la llevan a casa. Les dije que, si no les importaba, la dejaran en la puerta ya que no estaba en ese momento pero iba para allá en breve. Y así lo hicieron. Lo malo fue que, al llegar allí, unos desaprensivos ya me la habían robado de nuevo. ¡Dios mío, esta vez si que no la iba a recuperar! Pasaron unos días. Al volver el sábado de hacer la compra en un supermercado que hay a pocas calles de mi apartamento, justo al lado de un vertedero, vi un montón de libros tirados entre basura. Me acerqué. ¡Eran mis libros! ¡No faltaba ninguno! Se me saltaban las lágrimas. Lo que si que comprobé que se habían llevado eran las baratijas de recuerdo sin valor alguno. Lamento mucho decir esto ya que soy profesora de literatura y parece una contradicción pero, nunca en mi vida me he alegrado tanto de la enorme incultura que posee una gran parte de la población.»