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Tinto de verano: Capitel, punto final

Publicado por Javier El 08/08/2011 a las 6:26 3 Comentarios


Siempre sentimos añoranza por los tiempos pasados. Nos lo cuenta Woody Allen en su última película. Y nos lo vuelven a recordar los protagonistas de “Midnight in Paris” una y otra vez queriendo alcanzar épocas cada vez más remotas. Cualquier alcalaíno que haya nacido en esta ciudad o se haya criado buenos años en ella, pensará lo mismo. Siempre añoraremos aquellos tiempos en los que una fuente de colores, con motivo de un evento eclesiástico se inauguró en la plaza de los Santos Niños, creando un acontecimiento inolvidable. O cuando en los años 60 la Plaza de Cervantes era de tierra y jugábamos al gua al salir de las clases de don Marcelino en lo que era “El Submarino”, ese sótano de las antiguas dependencias del Colegio Santo Tomás en la esquina de la plaza. Incluso recuerdo, y conservo fotos, de cuando la Capilla del Oidor era un amasijo de cascotes y pedazos de muros a punto de caerse con una pila bautismal olvidada en la oscuridad del recinto. Son partes imborrables de la memoria.
Como imborrable es el recuerdo de Capitel, la tienda de la calle Mayor. Cuando me vine a vivir a Alcalá, con siete años, a la casa de mis abuelos, justo enfrente de ella, que era el número 97 por aquel entonces, había una tienda de marcos con el nombre de Capitel. La regentada Pepe Quijada, el hermano de Modesto. Al poco tiempo creó en la calle Santiago su famosa tienda de antigüedades y grabados, dejando a su hermano al mando de la de la calle Mayor. Modesto Quijada creó un reino de ilusión con el buen gusto de una persona que ha viajado por medio mundo. Sé que le contó a mi abuelo acerca de sus aventuras en oriente y que estuvo cierto tiempo viviendo en un kibutz. Se casó con Denisse, una bretona tierna y cariñosa y amiga de las mermeladas -el que prueba la suya de higos casera, cualquier otra del mercado le parecerá detestable- y montaron una bella casa francesa, rodeada de un jardín de las maravillas, en Santorcaz. Su tienda era lo más pecaminoso del mundo. Uno entraba embrujado por esa música de jazz de los 40 que tenía a todas horas puesta en su particular hilo musical y acababa comprando lo más impensable. En casa tengo figuras, cuadros, molinillos, plumas de caligrafía e innumerables objetos de los que no me gustaría desprenderme nunca. Últimamente adquirí una maleta de madera para reproducir los discos de 78 rpm de mi abuelo y recuperar esos tiempos pasados que nos muestra Woody Allen en su película.
Modesto cierra Capitel. Lo supe hace unos días. ¿La crisis? No, qué va. A él, con su profesionalidad le ha afectado poco la crisis. La edad, simplemente la edad. La edad de jubilarse. Me ha contado que se va a dedicar a viajar, a pintar… a vivir. Un negocio es algo muy esclavo. Y él, a los 70, ha roto cadenas y quiere ser libre. La ciudad perderá a uno de sus “esenciales”, como ahora se dice. Y la calle Mayor, ese chinatown alcalaíno cada vez más oriental, se quedará algo más huérfana al no contar con su sabiduría y buenhacer en la calle principal de la ciudad. Los tiempos cambian. Y según parece, todo pasado fue siempre mejor.


3 respuestas hasta ahora.

  1. Paco dice:

    Que pena que desaparezcan poco a poco estos buenos establecimientos y en su puesto se pongan tiendas cutres chinas.

  2. Juan dice:

    Locales como Capitel deberían estar protegidos por la Unesco

  3. Capitel para nosotros es un sitio muy especial. Cuando compramos nuestra primera casa era aquí donde encontrábamos cada cuadro y demás detallitos para ese lugar tan especial. Cuando cambiamos de casa, todo ha encajado perfectamente. Después de un viaje siempre visitábamos a Modesto y él nos aconsejaba esas ¡ridiculas láminas de turistas!, pero que Modesto transformaba en algo especial. La última ha sido la lámina de la “Abbey Road”, un recuerdo totalmente transformado (para bien). En ese momento nos enteremos de ese futuro y buen merecido retiro de sus dueños.
    Desde aquí, sólo decirle a Modesto que le echaremos de menos y agradecerle todos aquellos consejos. Hasta siempre,

    Raúl y Mari Mar


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