La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

Speakers’ Corner: Recuperando a Son

Publicado por Javier El 13/02/2008 a las 15:52 2 Comentarios

Madrid

Hacía calor, mucho calor. Las tardes de los veranos madrileños nunca me gustaron; las tardes de los veranos madrileños están diseñadas para turistas y dependientes amodorrados. El olor a cuerpo sudado de Alejandra tampoco me gustaba; me separé hacia el lado de mi colchón, librándome de la pierna que obstinadamente apoyaba en mi culo. Ella rebulló un poco y murmuró algo entre sueños. Encendí un cigarrillo y la luz de mi mesilla de noche. Leí el informe que le había pedido a Montse, la secretaria de sección, para escribir el artículo sobre la ablación en África y eche un vistazo a las fotos que lo acompañarían. El fotógrafo, Pepe, era un fuera de serie, siempre parecía querernos poner a prueba. Era como si dijera: Ahí tienes ablandabrevas, a ver si eres capaz de escribir algo digno, algo que esté al nivel de mis fotos. El Redactor Jefe, Arturo Sebastián, ese cabronazo de jefe que cada cual tiene en alguno o durante muchos periodos de la puta vida, decía sin embargo que Pepe hacía aflorar lo mejor de todos nosotros… ¡Hijo de puta Pepe e hijo de puta Arturo Sebastián!

 

Me levanté despacio. Alejandra ni se inmutó. Alejandra era argentina como casi todas las mujeres que se llaman Alejandra. La había conocido en la redacción, llevaba una de las secciones de cotilleo. Pensé que, quizá, algún día podría servirle “lo nuestro”; que podría servirle al menos para meter una morcilla en cualquier basura de las que husmeaba habitualmente y que se le hubiera quedado un tanto fofa; tampoco es que “lo nuestro” fuera la rehostia del hedonismo, pero algo es algo, o no, da igual. Tenía un buen cuerpo Alejandra, lo hacía bien, era buena chica y mucho más inteligente de lo que daba a entender. Decía que se había decido a tirarme los tejos (porque había sido ella) por mi imagen desvalida. Me miré en el espejo y lo único que vi fue a un tipo algo añoso y con aspecto desengañado, desleído, aburrido. No me terminaba de convencer Alejandra. Me propuse que aquella fuera nuestra última vez. Me vestí sin hacer ruido, recogí mis cosas y salí a acompañar a la tarde madrileña, a los turistas y a los dependientes amodorrados. Hacía calor, mucho calor.

 

Sonó mi teléfono móvil. Ponía que era un teléfono privado. No lo cogí. Al minuto volvió a sonar. Esta vez apareció el nombre de Son. Un escalofrío inesperado, traicionero, tal vez un espasmo proveniente de lo más remoto de mi conciencia, me sorprendió. Respiré un par de veces y descolgué.

-Hola Son

-Hola Bern. Sabes que no me gusta que me llames Son.

-Bueno, tampoco me hace gracia que tú me digas Bern -mentí.

-Antes no era así.

-Ahora no es antes –volví a mentir.

Son se quedó callada. La conocía, estaba a punto de colgar. La sequedad de mi respuesta había sido un mero acto defensivo, incluso traicionero. Yo no era ningún tipo duro, podía ser otras muchas cosas, pero un tipo duro no.

-Dime Son… ía; ¿me habrás llamado por algo?… –interrogué. Tardó más de lo recomendable en contestar. Me dije que eso la delataba. Me equivoqué.

-En realidad no –respondió por fin-, no quería nada… o sí. Te acabo de ver salir de casa de esa zorra de Alejandra.

-No te pongas en evidencia Son; además, Alejandra no es ninguna zorra. A no ser que todas las que se acuesten conmigo sean unas zorras, en cuyo caso… –arremetí con un órdago que me salió como el culo.

-Ahórrate la grosería –me cortó-, no te he llamado por eso. Te he visto sí, y como te he visto me ha parecido el momento oportuno para decirte lo que llevo pensando desde hace tiempo.

Son se calló y entonces se me hizo una especie de nudo en la garganta, porque intuí que lo que iba a decirme de veras me afectaría. Yo aún amaba a Son.

-Dime Son, ¿qué es eso que tienes que decirme? –procuré que mi voz resultase lo más neutra posible. La típica huida hacia delante.

-Voy a solicitar nuestro divorcio de manera inmediata Bern –soltó de corrido.

-Pero… pero es que yo… no deseo… ¿Cómo está nuestro hijo? –balbuceé.

-Eres patético Bern.

No pude rebatírselo, tenía razón. Al cabo, como esta vez fui yo quien quedó callado, Son prosiguió; más bien me apuntilló:

-Creo que el juez será mucho más ecuánime y veraz que tú… que nosotros. Estoy dispuesta a acatar lo que disponga… En fin; si quieres ver a Javier ya sabes, el mejor momento es al atardecer, cuando mis padres lo sacan a jugar al parque. Si vas a verlo procura esfumarte antes de que yo llegue a buscarlo; ya conoces mis horarios… Mi padre se alegrará de verte, siempre os caísteis bien –dijo Son con tono de amargura. Y colgó.

No supe de ella hasta mucho después: el primero de estos después fue cuando me hice el encontradizo durante una de las visitas a mi hijo, el segundo a finales de verano, cuando recibí la citación del juzgado y la llamé y por fin accedió a hablar conmigo.

Volvió a sonar mi teléfono móvil, era Alejandra. No la atendí. Tomé un taxi. Le pedí al taxista que me dejara lo más cerca posible de la Puerta del Sol. Con un deje castizo, el taxista me dijo que en el mismísimo kilómetro cero, si lo deseaba. No respondí. Llegamos enseguida. La tarde madrileña de turistas y dependientes amodorrados es una tarde semidesierta de coches.

Con paso cansino y la cabeza abotargada por los acontecimientos, torcí hacia la calle Postas y me dirigí a la Plaza Mayor. Busqué una terraza protegida del sol y le pedí una cerveza al camarero, y enseguida otra, y antes de quince minutos una tercera, una cuarta… Había dos rubias que no paraban de reír y cuchichear. Le pregunté al camarero qué estaban tomando y me dijo que vodka. ¡En verano! Le dije que les pusiera otro de mi parte y, diligente, obedeció. Levanté mi copa y ellas me correspondieron y me hicieron señas de que me sentara en su mesa. Eran rusas, apenas decían cuatro cosas en español. Lo de “apartamento mío y allí sólo calor nuestro” lo comprendieron perfectamente. Nunca lo había hecho con dos borrachas al mismo tiempo, ni tampoco con dos rusas; nunca lo había hecho con dos mujeres. Sé que nos dimos buenos revolcones en la cama y que en un momento dado me quedé extasiado viéndolas a ellas lamerse hasta las uñas de los pies. Me dormí sin darme cuenta. Por la mañana las rusas ya no estaban. Tampoco estaban los doscientos euros que llevaba en mi cartera, ni mi cámara de fotos digital, el DVD y el ordenador portátil estropeado. El nuevo lo tenía guardado dentro del armario y el teléfono móvil en el bolsillo del pantalón. No encontraron ninguno de los dos. Sonó; el móvil:

-Buenos días. ¿Don Bernardo Suárez?

-Soy yo.

-Me presento: Mi nombre es Margarita Domínguez del banco de…

-¡Vete a tomar por culo Margarita! –y colgué, obvio.

 

Me tomé un par de cafés, hice inventario de los hurtos (se me había pasado que también faltaba un repostero bordado por mi abuela y dos electrodomésticos pequeños de cocina), sopesé si poner o no denuncia en comisaría y luego llamé a la redacción diciendo que no podría ir a trabajar, que estaba enfermo. A los dos minutos llamó Arturo Sebastián:

-¿Bernardo?

-Dígame Sr. Sebastián –dije impostando la voz.

-Mira Bernardo… –el cabronazo hacía como si se estuviera pensando lo que ya tenía pensado-, te voy a dar dos opciones. Primera: te pones bueno, vienes a la redacción y terminas el puto artículo de las mujeres africanas, segundo: sigues en casa todo el día recuperándote de tu enfermedad y ya enlazas con la convalecencia que se prolongará de manera indefinida.

Me puse bueno. Antes de la hora de comer tenía listo el puto artículo de las mujeres africanas. Llamé a la puerta del despacho de Arturo Sebastián y entré sin esperar a que me diera permiso. Se lo arrojé con malos modos sobre la mesa y me di la vuelta para marcharme:

-¡¿Quién coño te crees para entrar así en mi despacho?! –vociferó.

-Yo –dije sin detenerme. Y es que era cierto, yo sí que podía. Siempre y cuando cumpliera con mi trabajo, claro.

Salí. Me marché directo a mi mesa. Encendí el ordenador. Abrí el correo electrónico y le envié un email a Son. Recuerdo que me puse a escribir casi sin pensar en lo que escribía. Lo que escribí fue lo siguiente:

“Son, llevamos cerca de un año separados, y ayer llamas para decirme que es tiempo de dar forma legal a esa separación, y yo Son, me pongo a echar cuentas de ese tiempo, el que de verdad hemos estado alejados, y no me salen, no me salen las cuentas Son. ¿Ha pasado tanto tiempo? Me respondo que sí, que ha tenido que pasar mucho tiempo puesto que te hecho un montón de menos. Un montón es el excedente de tiempo; mucho más que un año. Y sabes Son, el excedente no abarca el tiempo que llevo echando en falta tu proximidad, tu carne, nuestro sexo. No Son, el excedente va más allá. El excedente es algo que nunca recuperaré: la calma, nada de prisas, y sobre todo tus besos; aquellos besos nuestros apasionados, largos, profundos; tu sabor más auténtico y esquivo, ese que perdí bastante antes de que lo nuestro comenzase a irse definitivamente a la mierda… de eso hace mucho más de un año. Sí, la calma y tus besos pertenecen al tiempo pasado que siempre fue mejor; el mejor de mis tiempos”.

Luego cerré el ordenador y le dije a Montse, la secretaria de sección, que si preguntaba el jefe por mi le dijera que estaba convaleciendo de mi enfermedad.

Comí en un restaurante griego cercano a la Plaza de España. No sé si me sentó mal el yogurt griego que me tomé de postre, o las cuatro copas de ouzu que me metí entre pecho y espalda, mientras me fumaba media cajetilla de tabaco seguida, mirando por el hueco sin serigrafiar que comunicaba con la calle la ventanita junto a la que me hallaba sentado. Salí, busqué un cine cualquiera con una película cualquiera y me quedé dormido en una butaca cualquiera, hasta que los acomodadores, me invitaron a salir amablemente por cualquiera de las puertas de emergencia que permanecían abiertas de par en par.

Durante el año transcurrido desde que Son y yo habíamos decidido separarnos, mi cotidianeidad se sucedía invariable sobre el mismo guión pautado. Pensé que mi vida actual se asemejaba a un montón de mierda. Antes de aquello, cuando Son, Javier y yo estábamos juntos, todo era… bueno, todo no era felicidad y buen rollo como suele decirse, pero estaba mejor, estaba convencido de que estaba mejor que lo de ahora.

Al día siguiente volví a martillear mi conciencia con lo mismo hasta la obsesión. Y al otro igual. Y al otro, y al otro… Me pasé tres semanas bebiendo a cualquier hora y fumando sin parar, y repitiéndome lo de que mi vida actual era un montón de mierda. También conocí a Marcia; comencé a salir con ella.

Marcia era camarera en un café de esos donde proclaman a los cuatro vientos que, Bernardo, se ha pedido un capuchino no sé cuantos, con doble ración de nata acompañado de un pastelito no sé qué y que son varios euros con equis céntimos (el triple de lo que costaría en un sitio de los de siempre); a continuación te lo sirven en mini bandeja de metacrilato y vaso de papel plastificado con tapita hermética para que no te lo puedas beber. Luego, cuando con ímprobos esfuerzos consigues abrir la tapita sin que nadie se de cuenta (la tapida cede de golpe y con la sacudida una parte del contenido va a parar sobre la ropa que llevas puesta), comprendes que lo procedente es ir tomándotelo de manera furtiva por la calle, porque en el local no hay sitio habilitado para sentarse tranquilamente; un desastre. Pero ya digo que en aquel lugar trabajaba Marcia, que era muy guapa y tenía el vigor de la juventud. Cuando le pedí el libro de instrucciones para poderme tomar el café se rió mucho. La tercera vez que nos vimos me dijo que si a parte de hablar bien me gustaba hacer otras cosas. Vivía en un precioso apartamento situado en Las Vistillas. Desde su dormitorio se dominaba la ribera del Manzanares y el Puente de los Franceses. En la cama era una fiera, pero también era de las que, una vez saciada, se quedaba dormida como un tronco aunque no estuviera borracha, tal y como me pasaba a mí cuando lo hacía con varias copas de más.

Lo acabábamos de hacer. Dormía. Encendí su ordenador portátil y comprobé mi correo electrónico. Nada. Es decir, nada de Son. Le escribí otro email; decía lo siguiente:

“Son, creo que debemos hablar seriamente. Lo digo convencido. He estado pensado y creo que debemos hablar. Verás, prefiero decirte lo que quiero decirte cara a cara, pero lo del divorcio no acaba de cuadrarme (lo de cuadrarme lo utilicé a propósito). Siento que he crecido como persona, y que empiezo a desear otras cosas, y que quizá no he apreciado lo que he tenido, y que seguro he incurrido en muchas gilipolleces. Ya sabes a lo que me refiero… Son, debemos hablar de nosotros. Sí, creo que te voy a llamar por teléfono para que quedemos. ¿Te importa qué lo haga? Si te importa me lo dices… Bueno, te llamo en unos días, necesito estar tranquilo para hablar lo que tengo que hablar contigo y ahora estoy muy alterado… con el trabajo –mentí-. Algunas cosas merecen la pena de ser habladas Son”.

Sabía que lo que había escrito era patético como decía Son, pero no lo quise ni repasar. Se lo mandé tal cual.

Por la mañana acompañe a Marcia a su “café exprés” como un caballero y la besé tiernamente cuando nos despedimos. No volví a verla. Ella no me llamó y yo tampoco a ella.

Dejé pasar los días, días de inanidad. No me apetecía ni salir a tomar una copa, me las tomaba en casa. Desde lo de las rusas le había cogido afición al vodka. Por fin telefoneé a donde mis suegros y les pedí permiso para ir a ver a Javier. Magda, mi suegra, me dijo que claro, y que Roberto, mi suegro, se alegraría de verme. Yo sólo quería ver a mi hijo.

-¡Papi! –Javier se me abalanzo.

Lo tomé en mis brazos, lo besé y apretujé. Le dije que había estado un poco enfermo y que había tenido que viajar por culpa de mi trabajo, pero que a partir de ahora todo iba a cambiar…

Magdalena me dedicó una mirada inquisitiva y yo le hice una señal negativa con la cabeza.

-Deberíais hablar Sonia y tú –murmuró Roberto.

-Sí –musité.

-Creo que voy a hacerlo por ti –insistió Roberto.

-¡Roberto, no te metas en lo que no te compete! –protestó Magda.

-Vamos, no ves que a él no le importa –repuso Roberto con firmeza.

-Le importe o no le importe, son problemas suyos. Tú no te metas.

Los dejé peleando. Salí con Javier a dar una vuelta y a comprarle algunas chucherías. Hice tiempo hasta la hora en que Son venía a buscarlo. Cuando me vió se le dibujó un gesto de sorpresa en el rostro, pero enseguida se rehizo.

-Te pedí que no estuvieras aquí cuando viniera a buscar a Javier –dijo con sequedad.

-Necesito hablar contigo Son… ía.

-Creo que no es ni necesario ni conveniente –me respondió.

-Por favor Son, tenemos que hablar.

-¿De qué?

-De nosotros Son, de nosotros… –murmuré.

-He comenzado a salir con alguien Bern –dijo en voz baja para que Javier no escuchara y sin apartar sus ojos de los míos. Parecían dos taladros sus ojos.

No supe qué decir. Pensé que los hombres somos así, que cuando nos toca a nosotros no sabemos qué decir. Le puse la mejor cara que encontré a Javier y le prometí que sí, que le llevaría a ver la película de los no sé qué cósmicos que se acababa de estrenar.

-De nosotros… –murmuré.

Hice como que no me percataba de la negación que Son ensayaba con la cabeza, levanté estúpidamente la mano en señal de despedida y eché a andar sin volverme para bracear y llamar la atención de Javier. Le gustaba tanto que repitiese aquel gesto cuando me veía marchar… Pasó casi una semana hasta que me decidí a llevarlo a ver la peli de marras. Luego de dejarlo en casa de mis suegros, me quedé apostado en la calle esperando a que Son volviera a recogerlo. No vino. A eso de las diez de la noche, telefonee a donde mis suegros con la excusa de que pensaba que Javier se había llevado algo mío, y como Son no cogía el teléfono… Magda me dijo que Javier se había quedado a dormir con ellos, que Son necesitaba la tarde libre. Sentí vértigo, un vértigo hasta entonces nunca experimentado. La punzada de los celos que jamás había tenido. Estuve esperando en las cercanía de la casa de Son, hasta que comprendí que aquella noche no dormiría allí.

 

Cuando Arturo Sebastián me pidió posponer las vacaciones de agosto hasta octubre no le puse pegas; total, me daba lo mismo; además estaba lo otro, lo de la citación del juzgado para la solicitud de divorcio. Pero Arturo Sebastián interpretó mi gesto como un acto de celo profesional. Me invitó a tomar unas copas el viernes por la tarde, cuando saliéramos de trabajar. Quería celebrar con nosotros, sus colaboradores más allegados, que lo iban a ascender. Dejó caer que quizá me viera beneficiado del asunto.

Llego el viernes por la tarde y nos fuimos a tomar la copa los de siempre, o sea Arturo Sebastián, Pepe el fotógrafo, Alejandra, una recepcionista que se lo hacía con Pepe de tapadillo, Montse, la secretaria de sección, otras dos chicas de la redacción que no me gustaban pero que se apuntaban siempre y yo. Por supuesto, también fuimos al bar donde íbamos siempre. Las dos chicas de la redacción que no me gustaban se marcharon pronto. Pepe y la recepcionista desaparecieron en la puerta de un bareto de Chueca donde llegamos bastante cociditos. En la barra había un par de tipos con aspecto gay hablando a voz en cuello. Nos cayeron en gracia. Nos enrollamos con ellos. Uno también era periodista. Montse dijo que estaba muy cansada y se marchó. Al final quedamos Arturo Sebastián, Alejandra, yo y los dos tipos con aspecto gay que se habían acoplado a nuestro grupito. Alejandra se empezó a poner cariñosa con Arturo Sebastián. Yo sabía que lo hacía para darme celos y también sabía que por hacerlo, por darme celos, acabaría yéndose con Arturo Sebastián y que entonces, Arturo Sebastián aprovecharía la ocasión y la metería en cualquier hotelucho de la Gran Vía y se la tiraría, porque estaba deseando hacerlo. La cosa salió tal y como vaticinaba. Se fueron muy acarameladitos y yo me quedé con Pedro y Luis, los dos tipos con aspecto gay; lo eran. Me invitaron a tomar la penúltima en un garito que me dijeron frecuentaban y que, según ellos, era lo más. Sí que lo era sí, aquel lugar era un verdadero pandemónium, nunca me habían toqueteado el culo (y otras cosas) tantas manos distintas y tantas veces seguidas hasta esa noche. La verdad es que, con la borrachera que llevaba encima, bastante hice con deshacerme de Pedro, Luis y el resto de sus amigos. Ya en casa, tumbado sobre la cama, mientras veía girar la lámpara del techo, me dio por ponerme trascendental, crítico conmigo mismo, existencialista. Estaba, ya digo, borracho, pero también es cierto que mi descontento con la vida no paraba de crecer y que, encima, ahora resultaba… Cada vez pensaba más en Son. Mejor dicho, había llegado un momento en que no era capaz de quitarme a Son de la puñetera cabeza. Creo que hice algún puchero, cosas del alcohol, me dije para consolarme. Me dormí.

 

A principios de agosto Arturo Sebastián me confirmó que lo de su ascenso estaba hecho. Se iba de subdirector a Barcelona. Pensé para mis adentros que me importaba una mierda. También me dijo que su puesto lo iba a ocupar alguien designado por la junta de accionistas. Me dijo que lo sentía, que había sugerido mi nombre, pero que ni siquiera había sido valorada la opción.

-¡Ah! Bueno, no te preocupes. Ya llegará cuando tenga que llegar –contesté mordiéndome la lengua para no cagarme en la puta junta de accionistas y de paso en él.

-Le he pedido a Alejandra que se venga conmigo… espero que no te importe mucho –dejó caer con un tonillo malévolo.

-Bueno, si a ella le parece una idea correcta… –correspondí abonando un rastro de ambigüedad. Aunque lo cierto es que me importaba un bledo que se marcharan a seguir con su estereotipada relación de amantes a Barcelona.

Esa misma tarde se presentó Alejandra en casa con dos botellas de cava y me contó su versión entre sollozos: que si la soledad, que si los cuchicheos de los compañeros, que si patatín… De que se iba con unos cuantos miles de euros anuales más y un pisito por la cara en el centro de Barcelona me enteré después. Me lo contó Montse que se enteraba de todo.

-Te voy a echar mucho de menos Berni –dijo entre pucheritos llamándome de aquella manera que detestaba aún más que lo de Bern y mientras se pimplaba de un trago una copa de cava.

-Bueno, esto no tiene porque ser el final… de nada. Supongo que nos seguiremos viendo Alejandra.

-Claro, claro… Pero ahora he venido a despedirme Berni, te voy a echar tanto de menos…

Lo hicimos varias veces. Se quedó toda la noche. Alejandra le puso ardor de despedida, la intensidad de la que se intuye puede ser última vez. Mentiría si dijera que no me gustó; ya dije antes que Alejandra era solícita y entregada en la cama.

Al día siguiente fuimos juntos a la redacción. Dijo que no le importaba que Arturo Sebastián nos pudiera ver, pero insistió en que nos despidiéramos discretamente, dentro del coche, en el parking. Cada cual subió a la oficina por su lado. Jamás hemos vuelto a estar juntos.

El mes de agosto transcurrió lento, no podía ser de otra manera. Son se llevó a Javier a la playa, no sé a cual, no me lo quiso decir. A mis suegros tampoco, pero tanto les insistí que al final Roberto se vió en la necesidad de advertirme.

-Bernardo, Javier y Sonia se han ido con… con él; tiene un apartamento en la playa.

-O sea, que la cosa va en serio –murmuré. Magda y Roberto no dijeron nada.

Casi todas las noches de agosto estuve saliendo a pasear. Bueno, lo de pasear es un decir, más bien lo que realicé fue un programa intensivo para ponerme en forma. En una página de contactos había conocido a una divorciada pedante e infeliz que no deseaba otra cosa que ser escuchada. Me vino bien, la novedad me mantuvo entretenido durante aquel largo mes vacacional; mes vacacional de los demás, claro. Como digo, quedé varias veces con ella, con la divorciada pedante e infeliz. Siempre tarde, después de cenar, era de costumbres y rutinas férreas aquella tipa. Le gustaba pasear por el Parque Juan Carlos Primero; bueno, insisto en que lo de pasear no es correcto, casi siempre me llevaba al trote cochinero. Sintiéndome incapaz de pronunciar dos frases seguidas sin jadear, dejaba que ella me pusiera al día en los novísimos progresos de la psicología industrial y monsergas por el estilo. Era una defensora a ultranza de los métodos de productividad nipones y una enemiga acérrima de lo que llamaba relajación y el resto de los mortales necesario descanso. Una noche en que nos entretuvimos observando un espectáculo de fuegos artificiales, que confesó le había entusiasmado, me dijo que ya era hora de que hiciéramos el amor. Con aquellas mismas palabras. Se me puso el vello de punta, el de todo el cuerpo, juro que lo percibí. Eché a correr y no me detuve hasta que llegué adonde había dejado el coche. Me metí en él y me piré. Cuando llegué a casa le mandé otro correo electrónico a Son:

“Son, hoy alguien me ha dicho que quería hacer el amor conmigo y he salido corriendo. Hace tiempo que no hago el amor. El amor se hace con aquella persona a la que se ama. Sólo te he amado a ti. Tenemos que hablar Son, tenemos que hablar, me gustaría que habláramos de una vez cara a cara y que solucionáramos nuestros problemas, porque sé que los podemos solucionar. Contéstame, por favor”.

Se lo mandé, y luego me bebí media botella de vodka con cola y me fumé un paquete de tabaco para compensar lo de las caminatas con la divorciada.

Seguí sin recibir noticias de Son. A primeros de septiembre llegó la citación del juzgado. Apenas quedaba margen, dentro de dos días sería la vista. Me fui al juzgado y pedí explicaciones. El funcionario de turno utilizó como justificación el parón de correos en agosto; tendría que haber recibido la citación a mediados del mes pasado, me dijo. Golpeó con su dedo índice la fecha de emisión del documento, para demostrarme que la verdad estaba de su parte. Me marché.

Por la tarde llamé al teléfono de Son. No lo cogió. Insistí. No lo cogió. Insistí…

-¿Qué quieres Bern, a que viene tanta insistencia? –interrogó Son.

-¡Oh Son, tenemos que hablar! –sentía como me derrumbaba, pero me daba igual-. He recibido la citación del juzgado… para mañana.

-Ya Bern, y yo.

-Son deberíamos hablar, antes deberíamos hablar.

Son dejó pasar unos segundos:

-Creo que sí Bern, que deberíamos haber hablado hace tiempo.

-Aún no es tarde para hacerlo Son.

Son no contestó. Musité:

-Sigues saliendo con ese hombre ¿Verdad Son?

-Bern, tienes razón, creo que deberíamos hablar. Antes de que empieces a preguntarme por mi vida privada deberíamos hablar.

Me quedé frío, pero intenté reponerme. Volví a la carga decidido.

-Precisamente es de la vida privada de lo que quiero hablar Son, de la tuya, la mía y la de nadie más.

-¿Nuestra vida privada, dices? Mira Bern, eso de nuestra vida privada…

Son no siguió. Sentí como su respiración se aceleraba al otro lado del teléfono. No quise insistir. Esperé. Al fin dijo:

-Bueno Bern, sí, hablaremos…

-¿Entonces, lo de mañana del juzgado Son? –la interrumpí casi eufórico.

-Hablaremos Bern, pero después de lo de mañana –y colgó.

 

Siempre había deseado dedicarme a escribir, pero a escribir de verdad. Para mí, escribir de verdad significaba escribir una novela. Nunca es tarde para hacerlo. Aquella noche me propuse no beber; empezaría a escribir mi novela. Pero no lo hice, lo no de beber; lo de empezar a escribir mi novela no sé. Comencé una botella de vodka, conecté el ordenador. El primer impulso fue el de mandarle otro email a Son, pero no se lo mandé. Abrí un nuevo documento en mi procesador de texto y le puse un título: Recuperando a Son.

 

Enrique Javier de Lara.

© 2008 – Enrique Javier de Lara


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

2 respuestas hasta ahora.

  1. puravaldivia@gmail.com dice:

    Ha tenido que recibir un premio, para que me enterara de estos «relatos» tan buenos. Gracias.

  2. Pues el saber que tienes una lectora y que además a esa lectora le ha gustado lo que escribes, es un premio más que añadir.
    Buen año.
    E.J. de L.F.