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Tus críticas: Locus amoenus

Publicado por Javier El 14/04/2009 a las 8:45 Añadir comentario

Locus AmoenusHay tópicos, hay imágenes que son difíciles de erradicar. Como si estuvieran grabadas a nuestro recuerdo con el pegamento del olvido. Un día llegaron. Un día las oímos en las clases de la niñez, en los comentarios cogidos al azar de las conversaciones de otros, en los márgenes de libros que nunca debimos leer. Y ahí están. Como verdades inalterables que permiten explicar de una manera sencilla el pasado. Ahí están y parece que siempre hubieran estado ahí. Nada ni nadie nos puede hacer cambiar de opinión. ¡Son tantos años los que arrastramos estas ideas recibidas, estas imágenes aceptadas, estos tópicos tan prácticos! Y uno de ellos tiene que ver con la Edad Media, una Edad Media teñida con los colores negros y ocres de la religión, de los frailes con sus pasos conspiradores en cualquier esquina; una Edad Media oscura, negra, sucia, ajena a la luz de la antigüedad clásica, antesala a esa época tan autocomplaciente como fue el Renacimiento, que se creyó -y aún muchos siguen apoyando el tópico- que hizo nacer una nueva época: ¿Acaso no fue esa misma iglesia medieval, feudal, corrompida y enriquecida la que apoyó el arte y las obras que siguen llenando las páginas gloriosas de aquel siglo XVI? Pero no nos dejemos llevar por las llamas de sirena de los tópicos… ni la Edad Media es la iglesia ni tampoco es la Iglesia medieval el nido de conspiraciones y de muertes que tanto le ha gustado recrear a la ficción de todos los tiempos. La Edad Media va más allá de los huertos y los claustros de los monasterios, más allá de las calles polvorientas de las peregrinaciones y de los juegos en los salones de tantas catedrales, de tantos palacios episcopales o en el mármol siempre reluciente de la curia, ya estuviera situada en Roma, ya lo estuviera en Aviñón. La Edad Media tiene muchas más caras. Y muchas más genialidades. Nada que ver con ese negro con que el tiempo ha llenado los colores vivos de los cuadros en los retablos y en los salones de los castillos. Imagínense, por un momento, la fachada de cualquier catedral medieval, y no la vean con los ojos blancos del hoy sino con los colores brillantes de la Edad Media, que gustaba de convertir las estatuas de sus fachadas en verdaderos seres, casi de carne y hueso, que miraban con complacencia todo lo que sucedía a su alrededor. Pero más que un esfuerzo de imaginación, uno puede rescatar aquella época volviendo a sus textos, volviendo a esa literatura que ha puesto las bases a nuestra cultura occidental, que, les guste o no a los clasicistas, no viene de Grecia ni de Roma, sino que ha pasado el genial tamiz de la Edad Media, esa que mezcla el origen mediterráneo con la riqueza de ideas y de imágenes del norte sajón.

Por «Locus amoenus» se conoce ese tópico literario que, siguiendo al gran Ángel González, podemos definir como «lugar propicio para el amor». Lugar propicio para el disfrute, para el gozo. Por eso, ha sido todo un acierto poner como título «Locus amoenus» a la Antología de la lírica medieval de la Península Ibérica, que han preparado con mimo y pericia Carlos Alvar y Jenaro Talens y que ha publicado Círculo de Lectores en su colección Galaxia Gutenberg. Un «locus amoenus» de tantas voces, de tantas lenguas, de tantos poetas a lo largo de una Edad Media hispánica que se escapa de los límites absurdos de los programas universitarios y que entiende la literatura como lo que es: una tierra de libertad, de mezcla, de influencias, de contactos y de mestizajes. Y así, en esta antología, en versión bilingüe, lo que es de agradecer para así intentar rescatar los sonidos del pasado, se encontrarán poemas en latín, tanto de temática religiosa cristiana como cercana a la poesía goliárdica, a la cima de la poesía cómica del momento, como poemas en árabe, en hebreo, en mozárabe, provenzal, galaico-portugués, catalán y castellano. Todos con una característica común: todos forman parte de la literatura de nuestra Península Ibérica, con la misma autoridad, con la misma razón. Todas conforman nuestro pasado cultural, aunque ahora en Madrid escribamos poesía en español y en Barcelona se siga haciendo en catalán. En Córdoba escribió a finales del siglo X Samuel Ibn Nagrella Ha-Nagid y lo hacía con estos versos: «Medicina hay en su rostro y en el perfil de sus labios. / Muerte hay en sus ojos y bajo su ropa. / Yo río cuando ella quiere; ella ríe cuando yo me enfado. / Su querer me alegra, mi enfado la alegra…». Y así sigue el poeta, en la p. 159 del libro según la versión al español de Carlos Alvar y de Jenaro Talens, cantando sus penas de amor. No hay nada comparado en otra lengua románica por aquellos tiempos. Y muy poco de lo que se escribe hoy podría comparársele. «Locus amoenus» viene a cubrir, de manera eficaz y poética, un vacío en nuestra cultura, esa que rescata la identidad de lo «español» más allá de los tópicos y mentiras creadas en una visión pacata y paleta de nuestro pasado. Uno de esos tópicos que es tan difícil de erradicar. Obras tan amenas, tan completas, tan necesarias como «Locus amoenus» rescata nuestro rico pasado. Y lo hace con la voz poética de aquel momento. Enhorabuena, maestros.

José Manuel Lucía Megías


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Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

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