- El rincón de Javier - http://www.lalibreriadejavier.com -

Pero, ¿acaba bien esta novela? 

[1] -¿Qué tal llevas los libros que te di la última vez?
-Ya me los he leído. Me tienes que traer alguno más.

Mi hermana se deja aconsejar en lecturas. Su marido, buen lector aunque demasiado exigente, junto con sus dos hijos, son asimismo buenos devoradores de libros, aunque las redes sociales han hecho cierta mella en mi sobrino Tomás, algo más interesado en su carrera y en el Twitter.

-El próximo domingo te llevo unos cuantos. Precisamente esta mañana he acabado uno muy bueno y que creo que te va a gustar.
-¿Y cómo se llama?
-«Baruc en el río». De un tal Rubén Abella.
-Seguro que es triste y acaba mal…
-Inma, no puedes coger una novela planteándote tú el final antes de empezar a leerla.
-Es que todas las que me das son tristes y acaban tan mal.
-Las novelas son como son.
-Ya. Pero ésta, con ese nombre, seguro que va sobre un niño que acaba ahogado en un río.
-¡Inma! ¡Por Dios! Acaba como acaba. Y punto.
-Pero es que todas las que me das son tan tristes…
-Te doy de todo, sin pensar en cómo acaban. Voy buscando aquellas que estén bien escritas y te cuenten una historia interesante. Con eso me basta.

No es la primera vez. En la librería tuve hace tiempo a una cierta cliente que, cuando le daba una obra, la abría por la última página y la leía íntegramente.
-Es que, si no me gusta cómo acaba, no la compro.
-Pero… es que está destrozando la intriga.
-Eso me da lo mismo. Lo importante es que acabe bien.

¡Que acabe bien! Hay cosas a las que no les veo sentido alguno. Con esas premisas, la vida no tiene razón de ser. Siempre acaba mal. Cuando tuve el encuentro con Javier Moro, al detallar algo sobre el final del protagonista de su obra «El imperio eres tú», basada en el emperador Pedro I de Brasil, soltó una de las asistentes al acto mientras se tapaba los oídos,
-¡Ay! ¡No, no, no me cuente como acaba el personaje, que me queda todavía la mitad de la novela!
Todos la miramos con cara de perplejidad. Y Javier Moro, sin sobresaltarse le contestó:
-Bueno, la obra transcurre a principios del siglo XIX. Le puedo aventurar que, como es lógico, el protagonista y todos los personajes, a día de hoy, están muertos y bien muertos. Forma parte de la Historia de Brasil, y hace muchos años de ello.

Si fuera por los lectores -y aquí he de esgrimir una lanza a favor de los lectores hombres, que aceptan los finales amargos con mayor naturalidad-, habría que cambiar los acabados de muchas de las obras para que fueran del gusto del comprador. Vamos, como los reality show de la televisión en función de la aceptación y audiencia del día. Aunque tengo entendido que en ciertas novelas hechas por entregas, las tramas se van adecuando al interés del lector para obtener más ventas. No me extrañaría que los evangelistas, al ver el poco interés mostrado por los editores (¡pero que mal acaba!, les dirían) a la hora de publicar la Biblia, le dieran un vuelco a la historia y le añadieran un final feliz. «Es que nos la habían rechazado ya en seis editoriales por su amargo final», creo ver a San Lucas, explicando a los congregados el por qué del capítulo de la resurrección a última hora, aprisa y corriendo.

Muchas veces he pensado en reorganizar la librería según diferentes parámetros. No estaría mal la idea de colocar las novelas según su final. Por un lado las que acaban bien; por otro las que acaban mal, como la vida. Así me evitaría perder tiempo explicando, sin destripar parte esencial de la intriga, sobre la sensación final, el regusto, que deja dicha obra. Estoy en ello y no descarto hacerlo un buen día. Lo malo es que me tendría que leer todo lo que llega. Y eso es totalmente imposible. Mientras tanto, acepto otra colocación más necesaria. Por un lado las obras de César Vidal, clasificadas por el día de su puesta a la venta. Por el otro, todas las demás.

(Dedicado a Care Santos, amiga, escritora, y que sé que me lee)