La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

Tres nuevas anécdotas de la librería

Publicado por Javier El 07/10/2012 a las 6:55 4 Comentarios

Los sábados son días propicios para las anécdotas. Suele aparecer gente que rara vez ha entrado en la librería y aporta savia nueva para poder contar chascarrillos a mis clientes asiduos.
Esta mañana ha llegado una mujer joven, rubia, de pelo revuelto y vestido informal, y con una pequeña bien sujeta de la mano.
-Por favor, ¬¿qué precio tiene el cerdito que está en el escaparate?
-Bueno, ese cerdito del escaparate, el que mueve la cabeza leyendo un libro, no está a la venta. Es un adorno. Me lo regaló una niña que suele comprar cuentos en la librería como recuerdo de un viaje que hizo el verano pasado.
-Entonces, ¿no está a la venta? Es que mi hija me hace venir todos los días al escaparate para verlo.
-Pues no, no está a la venta.
-¿Has oído al señor? -le comenta a su niña de ojos abiertos como platos llanos y gesto de empezar a berrear en cualquier momento-. El cerdito es de este señor y no lo vende.
La mujer sale del establecimiento con la niña a rastras, muda ante la respuesta y ante el no poder conseguir ese cerdito por el que suspira día tras día. Ya fuera de la librería estalla en sollozos que se oyen desde la otra esquina de la calle.
-¡No es justo! -le grita a su madre-. ¡El señor ese es muy mayor para tener un cerdito!. ¡Buahhhhhhhhhh!

No pasa ni media hora cuando me llega una mujer en sus cincuenta. Pelo lacio, bolso de rebajas en mano y cara de rebuscar un céntimo hasta dentro del mismo móvil.
-¿Me puede decir cuánto vale el nuevo libro de María Dueñas?
-Sí, claro. Cuesta 21 euros con noventa.
-¡Pero qué caros son los libros!
Uno ya está harto de lo mismo, un día y otro. Trato de contenerme.
-Pues como las raciones de gambas y pulpo a la gallega. Y nadie se queja de ello.
-Ya. Pero si espero un poco me lo descargo gratis de internet.
-Sí, eso es verdad, si espera un poco se lo puede descargar gratis de internet. Pero no es lo mismo.
-¡Pues claro que es lo mismo! ¡¿Me va a decir a mí que no es lo mismo leer una novela en el ordenador que en papel?!
-Pues no. Claro que no es lo mismo leer en ordenador o en papel-ya tengo unas tablas en estas cuestiones que casi podría dar un discurso sobre las diferencias entre ambos formatos-. Es como hacer el amor, a través del ordenador o a la antigua usanza. En concreto, yo, para ello, prefiero la forma tradicional. Y le aseguro que he probado las dos. Pero no hay color entre una y otra.
En este momento se crea un silencio mayúsculo, digamos que de dos o tres segundos, pero que dura lo que la ópera de Los Nibelungos entera. La mujer, con una sonrisa que le asoma subrepticiamente, como sin querer, a través de la comisura de sus labios crispados, engancha firmemente el bolso de su brazo y sale con la mirada puesta en la calle infinita que la espera afuera, en ese sol de primer día de septiembre. Pero no han pasado ni diez segundos cuando la veo volver a entrar. Gesto enojado y cara desencajada, de no haber podido soltar antes ni una sola palabra, debidamente, ante una respuesta que no se esperaba.
-¡Antes se iba en coches de caballos y ahora se va en modernos coches de gasolina! ¡Los tiempos han cambiado, ¿no?!
-Ya. Pero aunque le lleven al mismo destino, le aseguro que el viaje no es el mismo.
Gira en sus talones y, murmurando algo entre dientes, la veo perderse a lo largo de la acera. Si es que ya uno es un perro viejo en estas materias, que no hay día que no me vengan preguntando mi opinión sobre los “ibus” esos de ahora. ¡Señor!

Salgo de la librería y me encamino a casa. Son las dos de la tarde cuando me paro en la Plaza de los Santos Niños a tomar un aperitivo en los veladores que allí están instalados. Una pareja de visitantes, plano en mano, para a dos lugareños (de la ciudad) para preguntarles sobre Alcalá.
-Por favor, acabamos de visitar la catedral. ¿Que otra cosa se puede ver en esta ciudad que sea de interés?
Los dos hombres, ante tal requerimiento se ponen a pensar. Uno, el que parece mayor y con un bastón en la mano, se mete un dedo en la boca y, mientras deja su mirada perdida hacia la torre de San Justo, entra como en éxtasis. El otro mira al suelo, como buscando algo, mientras se rasca la cabeza apartando a un lado la gorra que lleva puesta. La materia gris se pone en funcionamiento.
-¡Joder! ¡Pos claro! ¡La casa del Quijote!- dice el mayor de los dos.
-¡Hostias, es verdad! ¡La casa del Quijote!- replica el otro.
El turista les mira sorprendido, ora por sus caras, ora por la susodicha casa del Quijote, cosa que no se esperaba.
-Pos verá -le cometa girándose hacia la calle Mayor- ¿Ve allí esa calle con soportales? Pos too seguido palante. A la mitad, verá una casa sola. ¡Pos esa es!
-Sí, sí, no tiene pérdida. To seguido. Tie un jardín mu bonito con un pino mu alto. ¡Esa, esa es!- apostilla el acompañante.
La pareja de turistas recoge el mapa y se dirige al chalet que hace siglos sirvió de vivienda al ilustre escritor. ¡Pero qué suerte tuvo el jodío autor! En pleno casco histórico viviendo en un casa unifamiliar con jardín en la parte delantera y con un pino descomunal. ¡Ni Ken Follet, oiga!


4 respuestas hasta ahora.

  1. El lector dice:

    Javier, eres un crack.

  2. Lola dice:

    JAJAJAJA
    QUIERO TODAS ELLAS EN UN LIBRO!!!!!!!!!!!

  3. Lucy dice:

    Librero único, excelente comunicador, mecenas de escritores, pregonero irreverente, escritor punzante… ¿qué te queda por hacer? Sigue así, plis.

  4. jorge dice:

    Como me rio con tus ocurrencias. tienes que poner mas en el blog que pones muy pocas.