La librería de Javier

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Speakers’ Corner: La conversación

Publicado por Javier El 26/06/2009 a las 7:23 Un Comentario

La conversación– Bueno chico, cuéntame tu historia.

– ¿Qué te hace pensar que tengo una historia que contar?

– Hasta el más mísero e insignificante de los hombres tiene una historia que contar.

– ¿Qué te hace pensar que te la querría contar a ti?

– ¿Ves a alguien más por aquí?

– Es por una mujer.

– Siempre es por una mujer.

– Yo la quería.

– ¿Y ella a ti?

– Sí.

– Entonces, ¿cuál era el problema?

– No lo sé. Quizá no saber cual era el problema era el problema.

– Quizá.

– ¿Crees que me serviría de algo saber en qué falló?

– A lo mejor para la siguiente vez.

– ¿Y para ésta?

– Ésta ha terminado.

– Lo sé.

– Pero no lo aceptas.

– No.

– ¿Por qué?

– Me gusta pensar que todavía queda esperanza.

– La esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena.

– El solo pensar que aun no está perdida es lo único que me sostiene.

– ¿Qué te hace pensar que no está perdida?

– Ella aun me quiere.

– Y tú, ¿la quieres a ella?

– Demasiado.

– No se puede querer demasiado.

– Claro que se puede. Se puede querer demasiado poco.

– Pero no es tu caso.

– No.

– Ni el de ella.

– No.

– No veo el problema entonces.

– Yo tampoco.

– Podrías hablar con ella.

– ¿Crees que no lo he intentado?

– No lo habrás intentado todo.

– ¿Por qué lo dices?

– Si lo hubieras intentado todo, no tendrías ya esperanza.

– Es cierto.

– Sé que lo es.

– Ella no quiere hablar conmigo.

– ¿Por?

– Dice que necesita tiempo.

– ¿Tiempo para qué?

– Creo que para pensar.

– Pensar es lo contrario a sentir. Cuando uno piensa, no siente. Pensar es tratar de sentir con la cabeza.

– Ella cree necesitarlo.

– Quizá te de esté dando tiempo a ti.

– ¿Para qué?

– Para sentir.

– Ya lo siento.

– ¿Se lo has dicho?

– No.

– ¿Por?

– Tengo miedo.

– ¿De que ella no sienta igual que tú?

– Exacto.

– Pero has dicho que aun te quiere.

– Sí.

– No lo comprendo.

– Puede quererme y aun así preferir que esté lejos de ella.

– Si supieras que ella quiere estar lejos de ti, ¿la dejarías alejarse?

– Supongo que sí.

– ¿Por qué?

– ¿Qué remedio me queda?

– Puedes quedarte a su lado aunque a ella no le guste.

– No quiero hacer eso.

– ¿Por?

– A veces puedes querer a alguien tanto que desees que esté bien aunque sea sin ti.

– ¿Puedes?

– Claro que puedes.

– ¿Quieres?

– Si ella quiere estar sin mí, quizá sea lo mejor.

– ¿Te haría eso feliz?

– ¿Qué ella estuviera mejor sin mí?

– Sí.

– Sí.

– ¿Podrías aceptarlo?

– No lo sé. Quizá me destruiría.

– ¿Cambiarías tu destrucción por su felicidad?

– Desde luego.

– La quieres más que a ti mismo.

– Mucho más.

– Quizá ese era el problema.

– ¿Tú crees?

– Quizá esperas que alguien te quiera lo que tú no eres capaz de quererte.

– Es difícil quererse uno mismo.

– ¿Por qué?

– Nos conocemos demasiado a nosotros mismos. Sabemos todos nuestros defectos.

– ¿Conocías los defectos de ella?

– Sí.

– ¿Y la querías a pesar de ellos?

– La quería por ellos.

– ¿Por qué?

– Son los defectos lo que nos hace humanos. Si puedes querer a alguien por sus defectos, podrás quererle para siempre.

– ¿Tú la quieres para siempre?

– Sí.

– ¿Aunque eso implique que no esté a tu lado?

– Si tiene que ser así, que así sea.

– Ya tienes tomada la decisión.

– La tengo tomada.

– Pero sigues sufriendo.

– Sí.

– ¿Por qué?

– Sufro para que ella no lo haga.

– Ella también sufre.

– Se sobrepondrá. Es una mujer fuerte.

– ¿Y tú? ¿Eres un hombre fuerte?

– No sin ella.

– ¿Qué te queda, entonces?

– Todo lo que vivimos juntos.

– ¿Podrás vivir con ello?

– Gracias a ello.

– Eso es lo que has ganado.

– No pienso en lo que he ganado.

– ¿En qué piensas?

– En todo lo que perderé.

– No puedes perder lo que nunca has tenido.

– Claro que sí. Pierdo cada noche que no paso a su lado.

– Si tú pierdes, ¿ella gana?

– Nadie gana nunca.

– Entonces todos pierden.

– Supongo.

– ¿Qué es lo que más echas de menos?

– Sus sonrisas.

– ¿Sus sonrisas?

– Sí. Cómo sonreía al verme y lo especial que me hacían sentir.

– Ahora harán sentir especiales a otros.

– Es posible.

– Entonces no se han perdido.

– Para mí sí.

– Unos pierden, otros ganan.

– Para que unos ganen, otros tienen que perder.

– Tú pierdes.

– A ella.

– Llámala y díselo.

– ¿El que?

– Que para que ella gane, tú estas dispuesto a perder.

– Quizá lo haga.

– ¿Cuándo?

– Cuando reúna el valor.

– ¿Cuándo será eso?

– Puede que nunca.

– Sería una pena.

– ¿Por qué?

– Porque entonces nunca lo sabrías.

– ¿El qué?

– Si ella siente lo mismo que tú.

– Tienes razón. Voy a llamarla.

– ¿Ahora?

– Antes de que cambie de opinión.

– ¿Ella o tú?

– Ambos. ¿Me esperarás?

– Esperaré.

– …

– …

– …

– Ya he hablado con ella.

– ¿Y?

– Ha sido raro.

– ¿Lo ha sido?

– Era como hablar conmigo mismo.

– ¿Contigo mismo?

– Ella tenía mis mismas dudas y mis mismos miedos.

– ¿Acaso no los tenemos todos?

– Eso parece. Hemos quedado para hablar.

– Me alegro.

– Yo también. ¿Crees que saldrá bien?

– No puedo saberlo.

– ¿Pero lo deseas?

– Lo deseo.

– ¿Por mí?

– Por ti.

– Gracias.

– De nada.

– Aun no me has dicho tu nombre.

– Tú tampoco el tuyo.

– Es verdad.

– ¿Crees que ahora tiene importancia?

– Supongo que ya no.

– Eso es.

– Eso es.

Santiago Pajares.

19 de Mayo de 2009.


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

Una respuesta hasta ahora.

  1. Javier dice:

    Gracias Santiago por tu cuento.
    Esperamos con ansia tu nuevo libro y que todo te vaya bien.
    Un abrazo.
    Javier


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