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Mis críticas: La vida ante sí

[1]Émile Ajar (Plataforma Editorial)
246 Páginas – 16/19 €

Hace unos pocos días me preguntó un cliente cuáles eran los diez libros que me llevaría a una isla desierta. Era la segunda vez que me lo pedían en poco tiempo. Le respondí que no sabía exactamente que nueve libros me llevaría junto a mi único elegido, que era “La vida ante sí” de Emile Ajar. La pena, le contesté, era que ese libro estaba descatalogado y era imposible de conseguir.
A los pocos días recibo un paquete de novedades de libros. Me encuentro una nueva edición de esta joyita. Y por si fuera poco en dos ediciones diferentes. En tapa blanda y en tapa dura, como detalle de la aparición de esta nueva editorial. No puede empezar con mejor pie y desde aquí les doy infinitas gracias por recuperar este desaprovechado libro en la anterior editorial que dejó de tenerlo en existencias hace ya años.
Nunca olvidaré a Momo. Su descubrimiento del mundo es mucho más impresionante que “El guardián entre el centeno”, muchísimo más, por poner un pequeño detalle de lo que significa este libro en la Historia de la Literatura. No he encontrado un personaje infantil mejor escrito que Momo. Su ternura es inabarcable. Su lenguaje, una joya de la narrativa, no deja de hacernos sonreír a cada rato y hacernos entristecer pocos renglones después.

Su filosofía es la más dulce y amarga del planeta. Y su mundo, preciosista y multicolor es más amplio que nuestro universo global. Infinitamente más y en sólo 246 páginas.

“No es la sensibilidad lo que hoy en día mata a las personas” (Hamil)

Imagínense Belleville, un suburbio oscuro de París. Y en él una mujer entrada en años y en carnes; judía superviviente de los campos de exterminio y que cree a cada timbrazo que vuelven las SS. Que da cobijo y amor a los hijos de las prostitutas por poco o nada de dinero. Que vive con un retrato de Hitler bajo la cama, y que en caso de sentirse mal, lo saca, lo mira, y en ese momento se recupera. Que tiene un refugio en el sótano, su Israel, para casos de emergencia. Esta es Rosa.
Lola, un senegalés travesti, que en sus buenos tiempos fue boxeador y aún guarda musculatura de entonces. Con unos pechos hormonados, unos brazos tatuados y un corazón que no le cabe en el alma. Hamil, un pobre viejo casi ciego que confunde El Corán con Víctor Hugo, y que a veces sus oraciones son más Miserables que mesiánicas. Un vecino tragafuegos, Waloumba, que hace exorcismos junto a una tribu amiga en el piso de Rosa para echar a los demonios que lleva dentro, cuando le dan los síntomas de esclerosis cerebral. El doctor Katz, otro judío que no puede hacer abortar de la vida a su vieja amiga judía, como bien se lo pide Momo en repetidas ocasiones, y que al ser tan mayor han de subirle para poder pasar consulta hasta el sexto piso varios vecinos, donde vive encerrada Rosa a cobijo de los alemanes, que en cualquier momento pueden venir a por ella. Y así muchos más personajes secundarios en esta gran novela coral.
Y sobre todo Momo. Un chico sin edad que algún día escribirá Los Miserables -no lo pongo en duda- y que tiene materia para ello. Sin saber de su padre ni de su madre. Con más filosofía que muchos pensadores de la Historia. Equivocada, me dirán ustedes. Bueno, sí. Pero con mucha más filosofía de la vida de la verdadera, que tanto librepensador de pantalla y pacotilla. No tengo memoria de haber encontrado un personaje más tierno e inteligente que Momo. Se lo juro por lo que más quieran.
Y todo ello en un barrio que no puede ser más actual que los de ahora en cualquier ciudad del mundo.

“La vida no es cosa para todo el mundo” (Momo)

Estamos ante un libro singular e imperecedero. Una joya de las que se cuentan pocas en la literatura. Y su autor no fue menos singular. Romaní Gary, el que fue su verdadero nombre, nació en Moscú en 1914. Emigró a Francia, combatiendo en el Frente de Liberación, siendo condecorado. Ocupó cargos diplomáticos en Nueva York, Londres y Los Ángeles. Después de un primer fracaso matrimonial se casó con Jean Seberg, de la que tuvo un hijo. Al año de suicidarse ella no pudo con la depresión y se disparó un tiro en la boca con un revólver Smith & Wesson, muriendo en el año 1980.
Su vida es novelesca, y no sólo por sus peripecias o sus 30 novelas, sino por los avatares con los críticos franceses. Obtuvo el premio Goncourt en el año 1956 con la novela “Las raíces del cielo”, lo que le encumbró a lo más alto de las Artes. A partir de ahí todo fueron críticas adversas sin fundamento. Le acusaron de mal escritor y de carente de ideas. Se refugió en varios cambios de nombre para burlar a los astutos críticos galos. Con el nombre de Emile Ajar llegó el escándalo. Su segunda novela en esta nueva etapa, La vida ante sí, cautivó a todos los jurados del país y le concedieron su segundo Goncourt. Se presentó a recoger el premio, salvando el problema, su sobrino, a quien le había pagado los estudios. El show estaba servido. Al poco se supo la verdadera autoría del libro, al que los críticos ya le habían otorgado el rango de obra maestra, dejando a estos con un palmo de narices. Después llegó su amargo final.

“Para tener miedo no hacen falta motivos, Momo” (Rosa)

La edición que se nos presenta ahora del libro está bastante bien cuidada y viene en dos formatos. En tapa blanda, más fácil de manejar y a un precio inferior al formato clásico de tapa dura. Este último es una edición limitada y numerada que recomiendo sin reservas. La traducción sigue siendo la original de su primera edición en español, de Ana María de la Fuente, perfecta y que sabe encontrar las palabras y los giros con doble sentido tan maravillosos que pueblan esta deliciosa obra. Una obra que leída por tercera vez me sigue emocionando y voy adentrándome cada vez en ese grandioso trabajo que hizo su autor. Memorable e imperecedera.
Otra obra de lectura obligatoria para institutos y para sordos de entendimiento.

“¿Se puede vivir sin alguien a quien querer? (Momo)