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Speakers’ Corner: El concierto de Perry Blake

Perry BlakeEl otro día me invitaron a un concierto. Era de un músico irlandés, Perry Blake, y el crítico de Puerta de Madrid, un semanario de Alcalá de Henares, me pidió que le hiciera una crítica ya que él tenía que ausentarse. Me ha dicho un buen amigo que la publique. Vale, así lo hago. Ahora es tiempo de que los lectores me critiquen a mí.

¡Se abre la veda!



javiahora.jpgHace años, bastantes años, cursé estudios de ingeniería en la Escuela de Caminos. Desde entonces ha llovido bastante. Tuve buenos y mediocres profesores. Pero entre ellos destacaba uno, Fernández Ordóñez, bastante interesado en el arte, asignatura de la que era catedrático. Fue una época feliz de mi vida. Aparte de sus interesantes clases, nuestro profesor tenía buenos amigos artistas que nos dieron ciertas clases maestras. Y sobre todo uno, Eusebio Sempere, el creador del Museo al aire libre de Madrid, quien me dejó una huella imborrable.
Eusebio Sempere nos hizo ver algo a través de los grises hormigones entre los que estábamos inmersos física y mentalmente. En una de sus charlas nos explicó la obra de Mondrián. Desde sus inicios, época totalmente realista, hasta sus últimos cuadros, donde prescindía de todo lo superfluo. En estos últimos despellejaba sus formalidades y nos mostraba el esqueleto de lo que él veía, como un aparato de rayos-X. Nunca se me irá de la mente la explicación de la abstracción de los árboles de ese genial pintor holandés. En unas pizarras, que se movían de arriba abajo, seis creo recordar, y en una clase tipo anfiteatro en la que nos encontrábamos. En las dos del extremo derecho empezó a abocetar árboles cargados de hojas, sombras, ramas…. Poco a poco fue recorriendo las dos pizarras desnudándolos, haciéndonos ver lo verdadero, lo que se esconde tras el follaje. Sus últimos dibujos fueron unos simples trazos de tiza. Esbeltos, verticales, rectos. Unos simples esquemas libres y perfectos. Entonces vimos el invierno. Vimos el invierno de la vida del pintor y el alma de su maestría. Y en ese momento supimos más. Esas pizarras permanecieron intocables. Días y días estuvieron allí, imborrables hasta que una mañana, sin saber cómo, desaparecieron. Y con ellas desapareció algo de nuestras vidas. Fue un día triste para todos nosotros.
Muchos años más tarde coincidí con una exposición antológica de Mondrián en Londres. Iba con un buen amigo no muy interesado por el pintor. Nos metimos en el museo y empecé a explicarle -a explicarme- lo que recordaba de la vida y trayectoria del artista. Y yo mismo me quedé perplejo al recordarlo perfectamente. Y vi en mi niebla interior a Eusebio Sempere. Y vi mi juventud en la escuela. En ese momento pasaron años en un instante y al plantarme ante los últimos cuadros y frente al esqueleto de un árbol no pude sino emocionarme. En ese momento entendí a la perfección lo que significa la búsqueda de lo verdadero. Y fue en ese preciso instante donde entendí el paso del tiempo, de la vida y de nuestros ideales.

El otro día estuve en el concierto de Perry Blake. No sabía gran cosa de él. Tenía en casa su primer disco. Un disco que lleva como título su mismo nombre. Un disco precioso donde los haya. Con unos arreglos magistrales, como pocos en estos días, me sobrecogió en su primera audición. Desde entonces no lo quito de mi reproductor. En ese CD conseguí oír al David Bowie de los primeros años de universidad. Oí al Leonard Cohen más intimista con unos preciosos coros femeninos. Oí a Brian Ferry, ese dandy de la música pop, cuando lideraba Roxy Music, con un gran aparato de cuerda por detrás. Es un disco absolutamente evocador y delicioso. Y me quedé sorprendido al ver que el autor venía a este pueblecito, tan lejos de las grandes urbes donde recalan estos astros, a dar un concierto. A veces hasta los dioses necesitan del alimento y bajan a conseguir unos pocos euros. Es lo que tienen los estómagos poco agradecidos.

La noche era fría. La sala del concierto también. Pocos estábamos allí reunidos.
Empezó un soberbio telonero con más tablas que la Piquer. Y se metió al público en el bolsillo ya en la primera canción. Después de la cuarta nos anunció a su gran amigo y maestro Perry Blake. La sala se cristalizó. Salieron un pianista, un bajista, un percusionista y el gran Perry Blake. El intimismo deseado estaba servido.
Empezó a desgranar sus canciones y su voz de terciopelo fue deshojando la armadura de su bosque melódico. Poco a poco, sin prisa, nos dejó ver su interior y los entresijos de su paraíso. Y nos condujo al andamio de sus armonías. La sobriedad de su concierto nos hizo enfrentarnos sin previo aviso con un boceto melódico frío, repetitivo y distante. El concierto acabó.
Llegué a casa y me puse un café. Encendí el aparato de música y apagando las luces me dispuse a escuchar ese primer disco. Sí, sé que nada puede suplir a lo verdadero. Y una actuación siempre es más real que cualquier música enlatada. Elegí «1971», un tema impresionante y me dejé en el sofá. Al poco empezaron los violines y chelos a sonar. Bajo un continuo impecable de cuerda se aposentó la débil y susurrante voz del solista. Un piano de sonido limpio y profundo se dejó oír entre la hojarasca. Despertó el oboe y la sombra se volvió calida. Aterrizó al pronto un clave y recalaron unos pizzicatos de encaje. Un universo sonoro llenaba la estancia. El bosque y todos sus matices estaban de pronto ante mí. Esa atmósfera de frío desapareció y volvieron los recuerdos. Y me dormí en ese cosmos perfecto de ensueño, pensando que hay cosas que están mucho mejor vestidas que desnudas. A veces, en el esqueleto no está el alma del artista.

Y me reconcilié con Perry Blake.

Francisco Javier Rodríguez Álvarez.

© 2007 – Francisco Javier Rodríguez Álvarez