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Speakers’ Corner: La cuerda

La cuerdaMe levanté por la mañana y la encontré. El extremo de una cuerda atada a la pata de mi cama. La sostuve unos segundos en mis manos. Parecía vieja y áspera, como el cabo de un barco empapado de salitre. La seguí con la mirada y vi que el otro extremo no parecía llegar a ningún lado, tan solo salía de mi dormitorio hacia el salón. Allí descubrí que continuaba hasta la puerta de la calle. Bajé las escaleras dejando que la cuerda se deslizase por la palma de mi mano. No estaba asustado. Por alguna razón su contacto me hacía sentir seguro, como asido a un flotador en medio de la marea. Lo que me daba miedo era soltarla.

Llegué hasta el portal que daba a la calle y salí. La cuerda continuaba por la acera, perdiéndose entre los coches aparcados y la gente que caminaba rápida y furiosa por la mañana.

Nadie parecía darse cuenta, como si fuese lo más normal del mundo ver a alguien siguiendo una cuerda por la calle. Supongo que nadie tiene tiempo de fijarse en esas cosas. Siempre hay un sitio a donde ir, gente con la que hablar de asuntos importantes. Una cuerda es una cuerda. No hay mucho que pensar.

Yo caminaba con mis zapatillas de andar por casa, con mi pantalón del pijama y mi vieja camiseta de Queen con manchas de lejía. Y la cuerda en mi mano, paso tras paso, calle tras calle.

La gente parecía dejarme pasar entre ellos sin rozarme. Movían sus cuerpos en un baile sin música, ajenos a la sintonía que parecían tocar entre todos. La cuerda resbalaba por mi palma, pero no me hería. El tacto que creí áspero rozaba mis palmas como si fuese de seda, como si unos dedos se entrelazasen con los míos. Yo que había pasado tantas noches siguiendo los caminos equivocados y a las personas equivocadas, por fin parecía tener una guía, algo que tendría un fin, que me llevaría a algún sitio.

Mis zapatillas comenzaron a desgastarse, pero no me importó. Continué caminando. El dolor sordo de mis pies me era algo ajeno. Las agujetas de mis muslos no me importaban. Al fin y al cabo, estaba siguiendo la cuerda que partía de la pata de mi cama, así que todo parecía estar bien. Yo estaba allí y la cuerda también lo estaba, resbalando entre mis manos, siguiendo hasta la próxima esquina hacia la siguiente calle. No me pregunté si era posible que existiese una cuerda tan larga. Estaba allí y eso era más que suficiente.

La mañana dio paso a la tarde y la tarde a la noche. Los transeúntes de las aceras desaparecieron camino de sus casas. Quién sabe si cenarían con su familia o solos delante del televisor. Yo había pasado así demasiadas jornadas, delante de una televisión bebiendo cerveza tras cerveza para no pensar que las únicas voces de esa casa eran de gente que no estaba en esa casa, porque hay algo extraño en vivir solo y hablar solo. Al principio te hace gracia, luego te acostumbras y llegado un momento comienzas a tener lástima de ti mismo. Y en ese momento abres otra cerveza y subes un poco más el volumen de la tele, y que les den por saco a los vecinos.

Mis pies comenzaron a sangrar tras algunos kilómetros descalzo. Los jirones de mis zapatillas desaparecieron tras de mí, quedando en alguna acera de algún barrio que nunca había visto antes de esa noche. Me gustaba ese dolor. Me gustaba pensar que me dolían los pies por estar moviéndome, yo que había pasado tanto tiempo plantado en el mismo sitio, del trabajo a casa y de casa al trabajo, visitando los mismos bares y hablando con la misma gente de los mismos temas, como una repetición sin fin de un día de mierda.

No sabía cuanto tiempo podría continuar así. Y no me importaba. Lo único que me importaba se deslizaba entre mis manos.

Comenzó a clarear el día y algunos, los más madrugadores, los conductores de autobuses y repartidores de mercancía, salieron de sus portales y se subieron en sus coches, sin fijarse aun en esa cuerda que serpenteaba por la acera y se colaba entre sus ruedas.

Cuando ya me había preparado para pasar así el tiempo que fuese necesario, a gastar mi piel, mi corazón y mis pulmones en esa búsqueda que por no tener sentido tenía todo el sentido del mundo para mí, encontré que la cuerda se adentraba en un portal. Me detuve en la puerta con la cuerda en mi mano, manchando el felpudo con la sangre mis pies.

Era otro portal más de los miles que había en aquella gran ciudad, un portal anónimo de una ciudad anónima.

Subí los cuatro pisos y me adentré en la puerta que en silencio me invitaba a entrar. Atravesé el recibidor hasta el salón y continué por el pasillo. La puerta del dormitorio estaba abierta. Continué y encontré el final de la cuerda, atada a la pata de aquella cama. Y ahí estaba ella. Dormía plácida, serena. Quizá le quedaba media hora para que sonara el despertador y aprovechaba los últimos minutos de sueño. Solté la cuerda de mis manos y me metí en la cama. Ella, aun en sueños, al sentir mi presencia, se me abrazó y apoyó la cabeza en mi pecho.

– Hola cariño –me dijo.

– Buenos días –respondí yo.

Y así nos quedamos. Yo me dormí en pocos minutos. Estaba exhausto. Llevaba caminando todo el día.

Santiago Pajares.

30 de Abril de 2009.