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Tus críticas: Las lágrimas de San Lorenzo, por Fernando Monge

Retomamos la actividad de nuestros lectores. Y esta vez es Fernando Monge Gómez, un lector afincado en Alcalá de Henares el que me envía la crítica de la última obra de Julio Llamazares, de título «Las lágrimas de San Lorenzo», editada por Alfaguara.

[1]Las lágrimas de San Lorenzo
Julio Llamazares.(Alfaguara Editorial)
208 Páginas – 18 €

El verano empezaba cuando llegaban los veraneantes. No el 21 de junio, que es cuando dice el horóscopo, ni siquiera la noche de San Juan, la más corta y misteriosa del solsticio, cuando la gente se sanjuanea sumergiéndose en las aguas de los ríos y las fuentes, prendiendo y saltando hogueras o buscando al amanecer el trébol de cuatro hojas, ese que da buena suerte, sino cuando llegaban los afortunados que po­ dían permitirse el lujo de descansar los meses de más calor, al contrario que el resto de la gente.(pag. 11)

Hay lecturas que nos entretienen, otras que nos divierten, o que nos hacen reflexionar, o que nos transportan, que nos excitan o nos apaciguan. Pero hay lecturas que nos transforman. Bueno, en realidad todas nos transforman. Lo que ocurre es que con algunas somos conscientes de ello, y además, en el mismo momento de terminarlas. Un ejemplo reciente son “Las lágrimas de San Lorenzo”, de Julio Llamazares; y eso aún reconociendo que he realizado el ejercicio mental de imaginar si habría sentido lo mismo de no haber sabido de antemano quién era su autor, de quien, tengo que confesarlo, leo con la emoción predispuesta a favor todo lo que escribe. Pero presiento que sí, que habría sentido lo mismo, además de alegría por haber descubierto a un nuevo agitador de la memoria, en el buen sentido de la expresión. Esta vez, ‘desgraciadamente’ no ha sido así. No he descubierto a nadie nuevo.

No es sólo que Julio Llamazares nos remueva los recuerdos más entrañables con su maestría habitual, que lo es, dejándonos incluso por momentos en la duda de si lo leído coincide con lo vivido; ni que consiga transportarnos con la música de sus palabras a distancia mucho mayores que cualquier otro medio de locomoción, que también. Es todo eso y mucho más.

Es, fundamentalmente, que consigue, como en algunas reacciones químicas explosivas, la mezcla justa de nostalgia y ternura, de pasión y serenidad, de pasado, presente y futuro, ayudándonos a reconocer que, cuando nos despojamos de lo efímero y accesorio, lo que nos diferencia a unos de otros es insustancial comparado con todo aquello que nos iguala; lo mismo que (y permítaseme esta ingenua analogía provocada quizás por el continuo vagabundeo vital del protagonista de “Las lágrimas…”), lo mismo que, digo, al excavar en cualquier lugar de la Tierra encontraríamos siempre lo mismo. Bastaría con excavar a suficiente profundidad. Y eso es lo que hacen las “Las lágrimas…”, excavar a la máxima profundidad de nosotros mismos.

Julio Llamazares nació en Vegamián (León) en 1955. Su obra abarca prácticamente todos los registros literarios, desde la poesía —La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982)— a la literatura de viaje —El río del olvido (1990, Alfaguara, 2006), Trás-os-Montes (Alfaguara, 1998) Cuaderno del Duero (1999) y Las rosas de piedra (Alfaguara, 2008), primer volumen de un recorrido sin precedentes por España a través de sus catedrales—, pasando por la novela —Luna de lobos (1985), La lluvia amarilla (1988), Escenas de cine mudo (1994, Alfaguara, 2006) y El cielo de Madrid (Alfaguara, 2005)—, la crónica —El entierro de Genarín (1981)—, el relato corto —En mitad de ninguna parte(1995)— y el guión cinematográfico. Sus artículos periodísticos, que reflejan en todos sus términos las obsesiones propias de un narrador extraordinario, han sido recogidos en los libros En Babia (1991), Nadie escucha (Alfaguara, 1995) y Entre perro y lobo (Alfaguara, 2008). Su último libro es el volumen de relatos titulado Tanta pasión para nada (Alfaguara, 2011).

Hay lecturas que nos transforman, y ésta es una de ellas. Atrévete a comprobarlo.

Fernando Monge Gómez
Karlstad, Suecia, 18 de mayo de 2013
(mientras espero un tren a Oslo)