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Mis críticas: Mi Marruecos

Publicado por Javier El 05/12/2009 a las 12:01 Añadir comentario

Mi MarruecosAbdelá Taia (Cabaret Voltaire)
Traducción y notas de Lydia Vázquez Jiménez
224 Páginas – 15 €

Creo que en Marruecos se tiene miedo al amor. Nunca se expresan directamente los sentimientos. Sin embargo la ternura es algo omnipresente. Proviene sobre todo de las mujeres.

Adentrarnos en la obra de Abdelá es caminar agarrados de la mano de un niño por un mundo de recuerdos bastantes cercanos al tiempo actual. Tan cercanos en el tiempo como lejanos en la memoria del autor. Un paseo por el amarcord de sus primeros años y de sus escarceos sentimentales y recuerdos añorantes.

Abdelá Taia es un chico nacido en una familia con abundancia de mujeres y cuyo padre creía que, después de seis hijas, su mujer no iba a darle más varones. En una familia con nueve hijos, seis de ellos chicas, no es difícil el escarnio de los vecinos ante lo que es una tragedia en esas culturas. Pero si bien Abdelá trajo algo de alegría al hogar, nació el octavo, después de un chico y seis mujeres, esta alegría no fue completa. Su complexión, débil y enfermiza, y su piel blanquecina, a la que quemaba sin miramientos el sol, era algo no esperado por la familia. Tampoco los amaneramientos de ese chico desde temprana edad. Y en ese ambiente hostil por parte de familiares, sobre todo por parte de su madre, y de los vecinos más cercanos transcurre la infancia de nuestro protagonista. Ya adulto consigue una beca y acaba sus estudios y se establece en París, ciudad en la que la traductora de esta obra le encuentra y en la que traba amistad con él.

Mi Marruecos es un libro de elipsis. Sus frases, sencillas, cortas y con un vocabulario casi infantil, nos meten de lleno en ese mundo árabe cotidiano. Poco a poco nuestro chico, salvando enfermedades que le dejan postrado meses y meses, se va haciendo al barrio. Con él recorreremos los estamentos más conocidos de cualquier ciudad musulmana. Y con él, y sus peripecias infantiles, nos adentraremos en las costumbres de esa cultura. Pero también nos descubrirá sus sueños –sus deseos, al fin y al cabo- y sus primeros escarceos amorosos. Ya bastante niño descubre su adoración por el cuerpo masculino, su devoción por Miguel Ángel y sus esclavos expuestos en el Louvre al cabo de unos años, y ello le hará replantearse su existencia. Una existencia invisible si no fuera para servir de provecho a los demás.

Nuestro escritor utiliza las elipsis para callar lo que quiere expresar. Y es nuestra labor poner un poco de imaginación y recrear la escena completa con los bocetos que nos plantea. El capítulo del hamman en el que ve a una niña de 6 años desnuda en el baño de hombres y la asimila a él mismo en el de mujeres acompañado por sus hermanas, la petición de la madre al tener un invitado y decirle que le complazca en “todo” lo que le plazca al recién llegado, esos escarceos por zocos en los que los hombres se fijan en él, la amistad expresada en el texto y que el lector  descubre que es un deseo velado por un compañero de clase… Todo es bello, conciso y sugerente. No hay una palabra que nos descubra una relación, ni un mínimo gesto físico en toda la obra. Pero todo ello se trasluce al leer el texto. Un texto que incita a ir más allá. Incluso en esos últimos capítulos en París en lo que todo se vuelve recuerdo y añoranza. Un final sugerente y evocador tratando de recuperar pasados y olvidos. Pero nunca un resquemor, un ápice de dolor en todo ello. Una búsqueda de sí mismo en su Marruecos de su niñez que se concreta simbólicamente en la búsqueda del famoso basurero de los americanos, en el que pueden encontrar todo tipo de tesoros, y que aún, a día de hoy, no sabe de su ubicación. Bellos capítulos el del recuerdo de las galletas “Henry” y el de la historia de Malika en Suiza. Un chico que recorre sitios y tiempos buscando la baraka –la bendición- de todos a los que adora. Y que al final del texto, su traductora, lo buscará igualmente en él. Un chico ya adulto con esa magia de quien es a todas luces diferente a los demás…

Un texto precioso, unos recuerdos sugerentes, una vida muy bien expresada y un lenguaje muy literario. En el que además hay que añadir que aporta un conocimiento de costumbres árabes muy bien dosificado en unas concretas notas a pie de página. ¿Puedo llegar a decir que es un buen libro de literatura gay? No. Es una buena obra de literatura. Pura literatura. Ni más, ni menos.

Con la edad uno aprende a mentirse a sí mismo, a volverse razonable: pensamos más, somos menos espontáneos. Pero al menos, gracias a ese trabajo interior, nos conocemos mejor.

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