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Mis críticas: La isla del tesoro

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La isla del tesoro
R. L. Stevenson
Reino de Cordelia Editorial
Ilustraciones de José María Gallego
Traducción de Pollux Hernúñez
Edición de lujo en tapa dura, gran formato y a todo color
386 Páginas
31,90 €

He escogido esta bella edición, bellísima como ninguna otra, la de Reino de Cordelia del editor Jesús Egido, por muchas razones. La abundancia de increíbles y preciosistas ilustraciones de la mano de José María Gallego, un maestro de maestros es la más evidente. Si bien el tamaño del libro puede parecer «grande» no es menos notorio el empleo de una buena y cuidada tipografía y las esmeradas notas a borde de texto. Tiene además unos márgenes generosos y un perfecto cosido y acabado. El texto, Trabajado por Pollux Hernúñez, nos reserva una magnifica traducción dejándose llevar de la mano del escritor y aclarando los términos náuticos que, los profanos, no somos duchos en ellos. En fin, una edición que, ya desde el momento en el que la cogemos con la mano, nos invita a leerla sin pérdida de tiempo.

¿Hablar de La isla del tesoro después de tantos estudios y críticas vertidos sobre ella a lo largo de décadas? Pudiera parecer una tontería. Y puede que sí, pero la lectura, en este caso relectura, de un clásico que devoré cuando era joven me aporta ahora nuevos datos, no quizá sobre la obra -que sí- sino sobre mí, sobre lo que he cambiado con el tiempo y lo que los tiempos han cambiado conmigo.

La isla del tesoro era, cuando la leí por primera vez en mis tiempos de joven amante de aventuras, una novela entretenida llena de piratas, misterios, tesoros y mucha terminología marítima. Estas características siguen estando en la novela, intactas e incluso incrementadas, pero en esta nueva lectura se me hacen más en segundo plano. Quizá por mi edad, los tiempos vividos y el saber acumulado, son otras las características que se me antojan más clarividentes en esta ¿segunda? lectura. Ahora, La isla del tesoro, es una obra masculina -de esto hablaré más calladamente en otra crítica-sobre la amistad y la traición, sobre los claroscuros de cada uno de nosotros, sobre la naturaleza y la necesidad de arriesgar, sobre la búsqueda de ese padre que nos falta como horizonte de enseñanzas, sobre los necesarios tratos con rivales para poder seguir con nuestra ruta de acción… pero, sobre todo, es una lectura que estimula a plantearnos la necesidad de objetivos en nuestros años de vida. Triste es nuestra existencia si no nos ponemos ciertas metas que alcanzar. Algunas lejanas, casi imposibles, pero absolutamente ineludibles; otras, cercanas y accesibles con algo de esfuerzo, o con cierto esfuerzo. Las primeras, a veces, no son ni siquiera visibles o imaginables mientras comenzamos el camino, ni tan siquiera al sortear peligros intermedios. Pero la finalidad de nuestra vida no es la meta, sino el camino. Las metas las iremos poniendo en función de nuestra capacidad de miras, que ha de ser amplia, no contentándonos con lo solamente observable. La vida no es sentarse a la puerta y esperar a que pase. La vida, bien entendida, es el arte de superar trabas, y las ansias, la obligatoriedad, de levantarse y seguir. Los obstáculos son absolutamente necesarios, ya sea para mantenernos despiertos en nuestra ruta o para tropezar con ellos y saber que nada que merezca la pena es fácil de conseguir. La isla del tesoro es asimismo una lección sobre el arte y la necesidad de mirar a más largo plazo -y aquí entra la política en liza- y sobre el arte de negociar e, incluso, de trazar alianzas con contrincantes en aras de alcanzar nuestros objetivos. ¿Es lícito o ético promover tratos con aquellos que son enemigos a abatir? Absolutamente, si tenemos más miras que las que a simple vista observamos. Un político, o una persona cualquiera, ha de tener horizontes a los que encaminarse. A veces inalcanzables a simple vista. E incluso no visibles, como las metas de los espeleólogos que se introducen en una cueva. Pero ellas han de predominar sobre las metas intermedias. En mis estudios de ingeniería me enseñaron que la mejor forma de trazar una línea recta es poner el lapicero en el punto en el que ha de partir dicha línea y, mirando fijamente al punto final, sin poner la vista en ningún otro punto intermedio, comenzar con paso firme a lanzar dicha recta. Esas, y otras muchas enseñanzas, me han venido a la mente al leer hace poco, de nuevo, La isla del tesoro, fijándome más en el fondo que en la forma. Creo que nuestros políticos deberían de leer más, aunque con que leyeran un poco yo me conformaría, y dejar de pasear el iPad como si fuera la Biblia de los testigos de Jehová. Y entre las lecturas que les recomendaría está La isla del tesoro, que es esencial en todos los sentidos. ¡Ah! La novela de Stevenson es una obra maestra y de las que gana a cada lectura que se hace, pero eso ya lo sabía yo antes de volver a ella.

La isla del tesoro, en la edición de Reino de Cordelia es una obra de absoluta necesidad para cualquier lector que se precie y que ha de figurar son excusa en toda biblioteca.

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