La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

Cuando Dios era un conejo es la primera obra de Sarah Winman y un prodigio de novela. Estructurada en dos muy diferenciadas partes, habla del amor sin fronteras, de los encuentros y las pérdidas, del paso del tiempo y la necesidad del perdón. Es una obra maestra que, una vez leída, pasas a recomendar a todos tus amigos. Es, en una sola palabra, indispensable.

Cuando Dios era un conejo
Sarah Winman
Ediciones B
Título original: When God was a rabbit
378 Páginas
18 €

-¿Dios ama a todo el mundo? -le pregunté a mi madre mientras alargaba el brazo por encima del cuenco de apio para coger el último trozo de tarta de la merienda. (…)
-¡Claro que sí! -contestó mi madre, dejando momentáneamente de planchar.
-¿Dios ama a los asesinos? -continué yo.
-Sí -respondió ella.
-¿Y a los ladrones? -añadí.
-Sí.
-¿Y a la caca? -pregunté.
-La caca no es un ser vivo, querida -me explicó ella con expresión seria.
-Pero si lo fuera, ¿Dios la amaría?
-Sí, supongo que sí. (Pag. 17)

Cuando Dios era un conejo es una de las más bellas y tiernas novelas de los últimos años. Una obra que se lee de un tirón y tiene una gran calidad literaria a pesar del “envoltorio” en el que se nos presenta y que da qué pensar en otro tipo de novela.

El olfato de un librero debe de ser parecido al de un catador de vinos o al de un especialista en arte. Coges la obra, miras su exterior y, con poco que te asomes al interior de ella, sabes que es de buena catadura y que merece la pena. Y es, en ese momento, cuando empiezas a leerla, o a comprar una buena remesa de la cosecha o a lanzar la oferta tentadora sobre ese cuadro que te ha atrapado. En el caso de “Cuando Dios era un conejo”, había muchas pistas a favor de la novela. El título, de por sí, ya es sumamente atrayente y no pasa desapercibido. Ello lo he podido observar cuando clientes me han preguntado por la obra que leía en esos momentos y, al oír el título, me han pedido un ejemplar sin ni siquiera ojearlo. Otra de las cuestiones por las que a veces escojo una novela para su degustación es la portada. En este caso, si bien los colores verdes metalizados nos pueden sugerir una obra de corte juvenil -y al empezar a leer la obra puede parecerlo- nos encontramos ante un relato de corte “existencialista”, término que después aclararé. Pero es que, además, tiene un diseño muy halagador, con unas bellas imágenes de siluetas de árboles y una pareja de personajes caminando a través de él. La tapa blanda y la tipografía generosa son otros de los aspectos que me hacen decidir, sin pensarlo conscientemente, en su lectura. Claro que, unas vez leídas cuatro o cinco páginas, es imposible dejar el libro hasta que lo acabas.

Cuando Dios era un conejo es la historia de amistad y cariño entre dos hermanos muy diferentes, alrededor de los cuales gira un universo de personajes muy singulares. Elly vive feliz con su hermano Joe, unos años mayor que ella y con gran afición al rugby, y su amiga inseparable Jenny Penny, cuya madre navega entre diferentes novios pasajeros. La aparición de Arthur, un enigmático anciano que hará de profesor de la chica, de Ginger, una actriz en caída libre que se refugia en la casa, y de un conejo al que Elly llama Dios, serán los ejes de una historia de amistades, amores y pérdidas.

Sarah Winman ha escrito una impresionante primera novela con la soltura que alguien que no está condicionadpor a ningún tipo de ataduras editoriales ni de modas. Una obra escrita con una tranquilidad y gracia poco habituales en la literatura actual, tan encasillada en repetir las mismas estructuras una y otra vez y olvidando crear nuevas historias con una cierta ética y verosimilitud. El comienzo de la obra ya es una explosión de alegría, sencillez y ternura. Y es que en la primera parte de la novela, cuando Elly tiene entre siete y nueve años, es una chica llena de preguntas y junto a ella se nos despliega todo un mundo de ocurrencias y aventuras propias de la edad de la protagonista. Esta primera parte tiene la belleza de “Tomates verdes fritos” de Fanny Flag, la ternura de “El arpa de hierba” de Truman capote y los aromas del bosque de “La noche del cazador” de Grubb. Un pasaje que nunca se nos olvidará es la escena de la obra de teatro de navidad en el colegio con todo un repertorio de desastres inimaginable (Pag. 58 a 63).
La segunda parte de la obra transita veinte años después. Nuestros personajes han consolidado un poso de vivencias y sus vidas ya están establecidas,según parece. Y es en esta parte de la novela en la que la autora despliega unos recursos más trabajados en desarrollo y solvencia psicológica. Y es la parte en la que las carencias de la infancia son la base de las inseguridades del adulto. Sin querer destripar nada de la perfecta trama he de decir que, aunque menos atractiva y fresca que en su inicio, la parte final arropa toda una serie de resortes estructurales que nos permiten introducirnos en el alma de los personajes que ya conocíamos y, de esta manera, rematar aquellos flecos que quedaron en el aire. Para los que me hayáis ido leyendo las recomendaciones os diré que esta segunda parte es del estilo de “La historia del amor” de Nicole Krauss o “La palabra más hermosa” de Margaret Mazzantini. Un detalle que he de añadir es la proeza conseguida por Sarah Winman de retratarnos todo tipo de relación y de amor entre cualquier clase de personas como lo más normal del mundo. En resumen, una muy original y buena novela que, a pesar de estar trabajada hasta extremos imposibles, tiene una frescura inaudita y cautiva desde la primera página.

-¿Tú crees en Dios, Arthur? -le pregunté mientras me comía el último pedazo de bizcocho.
-¿Que si creo en un anciano de barba blanca que vive en las nubes y juzga a los mortales con un código moral de diez mandamientos? ¡Cielo santo, querida Elly, claro que no! Me habría expulsado de esta vida hace años por mi alocada historia. ¿Que si creo en un misterio, en el inexplicable fenómeno que constituye la vida misma? ¿Que si creo en algo más grande que nosotros y que ilumina la inconsecuencia de nuestras vidas? ¿En algo que nos da una razón por la que luchar y la humildad para purificarnos y empezar de nuevo? Entonces sí, sí que creo en él. Es la fuente del arte, de la belleza, del amor, y ofrece la bondad suprema a la humanidad. Esto es Dios para mí. Esto es la vida, y en esto es en lo que creo. (Pag: 170)

Sarah Winman creció en Essex, estudió arte dramático en la Academia Webber Douglas y ha actuado en teatro, cien y televisión. Cuando Dios era un conejo es su primera novela, aclamada por la crítica y el público y traducida a numerosas idiomas.

Absolutamente fresca y deliciosa novela que nos recuerda la infancia y nuestros primeros pasos de adultos con una mezcla de relaciones amorosas increíbles y unos pasajes que recordaremos toda la vida. Imprescindible.


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

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