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Mis críticas: La misma ciudad

Publicado por Javier El 08/07/2017 a las 6:45 Añadir comentario

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La misma ciudad
Luisgé Martín
Anagrama Editorial
132 Páginas
13,90 €

La amistad y el alcohol afilan la sinceridad, pero la escritura llega más allá: a los subterráneos de lo que uno mismo conoce y puede contar.

Leer a Luisgé Martín es un viaje sin retorno. Sus obras calan muy hondo y dejan secuelas. Son anzuelos afilados que penetran bien dentro de nuestra piel y se quedan enganchados para siempre en nuestra existencia.
Muchos son los escritores que cuentan historias. Algunas creíbles, otras inverosímiles a todas luces. Muchos de estos escritores tratan de entretenernos, de crear tramas de ficción en las que invertir horas de diversión y placer. Nos hacen reír, soñar, pasar angustia, sobrecogernos o simplemente divertirnos, dejar que nuestra mente se olvide de lo que tenemos entre manos. El poder de la literatura es tal que muchas veces se nos pasa la hora, perdemos un tren (yo mismo perdí una vez un vuelo), nos olvidamos de una cita…, e incluso hasta podemos dejar de tener presente ese momento de tristeza que nos abate. La literatura es un perfecto medicamento que cura, aunque a veces tenga sus contraindicaciones, y no siempre con el efecto deseado que tenemos en mente. Y desde luego que no es un placebo. Sus palabras, impresas a conciencia, taladran al lector y le llevan en volandas a espacios y tiempos de los que, muchas de las veces, va a ser casi imposible volver. Al menos intacto. Ya dijo Ana María Matute que el lector que acaba un libro es muy diferente del que lo empieza. Son viajes iniciáticos que nos transforman, nos cambian, nos hacen crecer, muchas veces siendo más felices, pero otras muchas veces siendo más conscientes del presente, del pasado ya irrecuperable, y de ese futuro que está delimitado y es inaccesible en gran medida. Luisgé Martín nos lo demuestra con una obra que sobrecoge y que todo lector que la abra no va a poder dejarla. Y además, una obra que nunca va a poder olvidar. Sobre todo, desde luego, si ese lector, ya maduro, ha pasado la barrera de los cuarenta, el supuesto ecuador de la vida.
“La misma ciudad” es una bella novela de Luisgé Martín, pero también es un viaje a lo más profundo de nuestro ser, a los tiempos pasados, esos que ya solo viven en nuestro recuerdo, en nuestra mente, a veces incluso inventados, y es asimismo un recordatorio a la impotencia de ser felices en un futuro tal como lo habíamos soñado. Soñado, sí, soñado en sueños de conquistas increíbles: de viajes a países exóticos, de triunfos esculpidos en éter, de aventuras sin límite, de sexo salvaje de juventud, de cimas de grandeza, lujo, posición social y prosperidad económica… Sueños que se han ido desvaneciendo poco a poco y que, con el paso de los años, vemos imposibles de conseguir. Aunque a veces tenemos valor, por llamarlo de alguna manera, valor equivocado, de poner remedio a todo ello, a nuestra frustración. Pensamos en escapar de nuestro destino, sin ser conscientes de que ese destino, como tatuaje indeleble, va unido a nuestra piel. Ponemos remedio, falso remedio, a nuestro presente, tratando de obrar como si el tiempo no hubiera pasado, tratando de ser otros diferentes, ese yo que tuvo que ser pero que no fue. La frase de Horacio que abre este libro de Luisgé nos lo recuerda:
Aquellos que cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma.
Los clásicos ya nos lo decían. Constantemente. Los existencialistas nos lo volvían a recordar. Y nuestro querido escritor madrileño nos lo vuelve a recordar: todo tiempo tiene su lugar, y cualquier cosa fuera de su tiempo, lógicamente, está fuera de su lugar. Pero, ¿seguimos en ese lugar por cobardía? ¿por pereza? ¿por miedo a los cambios que no sabemos si seremos capaces de controlar? Es posible que a veces continuemos viviendo junto a una cierta persona solo por miedo a destruir el pasado y no por el deseo de construir a su lado un porvenir, nos comenta el protagonista en un cierto momento de la historia. Somos capaces de cambiar, huyendo, pensando que con ello nos transformaremos en otros, en otro lugar, en otra ciudad. Pensamos en ello como si fuera fácil, como si con un diferente nombre, un diferente traje, un diferente amor, una diferente ciudad, nos diera la oportunidad de ser otros, de ser diferentes, trazando nuevas vidas, afrontando nuevas historias. Pero no, vayamos donde vayamos, una vez pasado el ecuador de la vida, siempre seremos nosotros, nuestro ser, nuestro mismo yo, la misma ciudad. Moy, el protagonista de esta obra lo deja muy claro antes de poner el punto final a la historia: “A las serpientes, cuando mudan la piel, les aparece debajo otra igual, con el mismo dibujo y la misma cutícula pegajosa y fría. No podrían vivir, aunque lo desearan, con la piel de un ciervo, o las plumas de un águila”.
El lector que se meta en el texto de La misma ciudad ha de saber que no será el mismo cuando acabe la novela. Algo en él habrá cambiado, tendrá una visión más clara de lo que es, lo que fue, y no fue, y lo que no será. Apreciará que su segunda y ansiada vida ha de ser esa misma que lleva viviendo desde un principio, la misma que descubre a través de este libro, un gran viaje existencial en tan sólo 130 páginas. Un lujo. Y todo ello sin moverse del sofá, en la misma ciudad.


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Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

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