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Mis críticas: El hombre que inventó Manhattan

Publicado por Javier El 30/09/2017 a las 6:45 Añadir comentario


El hombre que inventó Manhattan
Ray Loriga
El Aleph editores
190 páginas
19,00 €

—No son peces voladores —dijo entonces Andreas padre abriendo los ojos—, están suspendidos con alambres. Es una simulación.
—¿Una qué? —preguntó el niño.
—Una simulación. Esta sala simula el fondo del mar y esos peces suspendidos simulan estar nadando y además las ballenas ni siquiera son peces, son mamíferos.
—¿Mamíferos?
—Sí, hijo, sí. Mamíferos. Con tú y como yo.
—¿Y como mamá?
—Sí, hijo, mamá también es un mamífero.
—¿Y los chinos?
—¿Qué pasa con los chinos?
—¿Son mamíferos también?
—Sí, los chinos también.
—Ah.
(p. 34)

Los veranos son propicios para las relecturas. Libros que dejaron muy buen sabor y que apetece volver a ellos, como se vuelve a los viejos amigos que nos dejaron un buen recuerdo. Y El hombre que inventó Manhattan es uno de ellos. Lo he leído varías veces, y cada vez tengo un sentir diferente al acabar sus páginas. Cada vez mejor. Al revisar la página de críticas me he dado cuenta que no estaba entre los que he comentado de Ray Loriga, por lo que pido disculpas a mi público lector por tal increíble fallo. Y paso al momento a remedarlo.

Lo cierto es que no era la primera vez que Charlie pensaba en colgarse; ya lo había intentado una vez, hará ahora dos años, en ese mismo sótano, pero en aquella ocasión le entró hambre. Charlie era muy comilón y decidió pasarse por Big Nick’s a comerse una hamburguesa y después le tentó el cheese cake, que allí hacen muy bueno, y al acabar le entró sueño y se fue para casa a echar la siesta, y al despertarse se dio cuenta de que le quedaba ya poco tiempo para empezar a sacar la basura, así que cogió su llavero de treinta y seis llaves y se puso con eso. Y luego se pasó por O’Sullivans a tomarse una cerveza y puso una canción de los Carpenters en el juke box, y entre unas cosas y otras se le fue el santo al cielo. Y al día siguiente su mujer le dijo que estaba embarazada y pensó que era muy mal momento para darle un disgusto y lo fue dejando pasar. (p. 134)

El hombre que inventó Manhattan es una de las obras fundamentales de Ray Loriga. Una obra breve, intensa, fragmentaria y sublime. No miento si digo que muchos “escritores” actuales darían su brazo derecho, el izquierdo en caso de ser zurdos, por poder contar con esta bellísima obra entre su bibliografía. Y no es para menos. Leer por primera vez esta novela puede ser uno de los mayores placeres para cualquier lector que merezca. Y así lo he podido comprobar en mis años de recetador de obras en mi pequeña librería. Realmente, cualquier obra de Ray Loriga es deslumbrante y original, y una experiencia sin par. Pero El hombre que inventó Manhattan es una de las más impresionantes. Su estructura, de pequeños y brevísimos relatos de vidas cruzadas, unido al soberbio humor que impregna todas las páginas, la hace recomendable hasta para el lector más exquisito. Por no decir rarito de cojones, que los hay y en gran cantidad. ¡Y qué decir de sus personajes! Las divertidas hermanas Simonetta y Laura, una, redactora de la intranscendente Amazonas sofisticadas, y la otra, guapísima, y más puta que las gallinas; Arnie, vendedor de pianos de segunda mano que soporta a una madre intratable y controladora, y que acaba de morir degollado por su propia taza de té; Molly, curiosa anciana que tiene la propiedad de estar en dos sitios diferentes, pero no muy distantes, a la vez, y que se conserva muy bien para su edad… Además de Missy, pequeño ratoncito neoyorquino perseguido por las ardillas de Central Park, y el increíble edificio Ansonia, retratado en la novela como si de una altiva mujer se tratara, y de Charlie, rumano de origen, aunque con su corazón en la Gran Manzana, eje central de la obra y que se acaba de suicidar y, aún así, su espíritu nos deleitará con los entresijos de esta palpitante ciudad a través de un puñado de curiosos personajes.

Cuando dejamos la casa, mi hijo me acompañó al guardamuebles, un edificio inmenso lleno de pequeñas puertas y habitaciones diminutas en las que intenta uno comprimir lo que ha dado de sí la vida. Discutimos entre todos qué guardar y qué llevarnos con nosotros. Para salvar los juguetes de mi hijo tuve que sacrificar casi todos mis libros. Allí siguen. Pagamos religiosamente el storage, así lo llaman, todos los meses, y es como echar leña a un fuego que está muy lejos, con la esperanza de que algún día vuelva a calentarnos. (p. 188)

El hombre que inventó Manhattan es algo más que un simple libro y una simple lectura, es una vivencia total y un regalo inigualable para eso que llaman el intelecto y que yo pienso que es, simple y llanamente, las ganas de vivir y disfrutar.


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.