La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros


Pocas veces he visto una expectación tal ante el pase de una película española. El Teatro Salón Cervantes lleno hasta la bandera. Una amiga, que salía del pase anterior, me expresó que le había encantado, “qué belleza de fotografía, de paisajes, de música…”. Esos simples argumentos procuran que yo no vaya al cine. Pero entré. Y la película, al igual que hace unos meses la novela, me dejó frío.
Tengo una pequeña librería, muy al estilo de la que se presenta en la trama de la película y la novela. Yo me enamoré del local, que compré, para poder montar la librería de mis sueños, algo parecido a lo que hace la protagonista de la historia. Por ello tendría que sentirme reflejado e involucrado en ambas, película y libro, cosa que no ha ocurrido. Lo primero es decir que la adaptación es muy fidedigna, los actores muy bien escogidos, la fotografía está muy cuidada, la música muy bella, etc… Pero hay cosas en la historia que no me cuadran. De ahí que no sea una de mis recomendaciones en la librería. Y ahora el por qué.
Cuando supe que Isabel Coixet se atrevía a llevar a la pantalla la novela de Penelope Fitzgerald pensé que corregiría los “lapsus” que a mí me chocaban. O al menos que los atenuaría. Y me explico. No entiendo que una mujer sin recursos (ha de pedir un préstamo que no es posible de pagar) monte una pequeña librería en un sitio inhóspito, una isla, incomunicada por tierra y en un pueblo de 200 habitantes que nadie de fuera visita. Menos aún si ese empecinamiento viene después de haber estado trabajando en una gran librería en Londres. Pienso que tendría que saber de qué va el tema, además de los aspectos románticos sobre libros y “librerías con encanto”. Otro asunto es su tesón por montarla en una casa antigua que está en disputa con una terrateniente (que sabe que no va a poder con ella) que lidera las fuerzas vivas del pueblo y las maneja a su gusto. Y tanto más cuando Florence, la librera, se empeña en ese poblado, del que no es original ni tan siquiera. ¿Por qué allí y no en otro sitio, existiendo cientos de parajes parecidos en toda Inglaterra? Además, ¿en un pueblo en el que nadie lee, solo un habitante de él que está recluido en su abandonada casa? Si no hay un cliente en el pueblo no sé a quién va a vender los libros. Se empeña en vender 250 ejemplares de Lolita -por mucha publicidad que se le diera en el momento de su publicación como novela escandalosa- en un pueblo incomunicado de 200 habitantes no lectores. No me cuadra. ¡Más lectores que habitantes! Como profesional de librerías que se supone que es falla en lo más sencillo. Un librero ha de adaptarse a los gustos de los lectores y de los clientes. Pero si no tiene lectores ni clientes, aunque en una de las escenas de la película la librería esté llena de gente, algo inexplicable, mal le va a ir. El sobrino de la terrateniente elabora una ley de expropiación y con efecto retroactivo que se aprueba en Inglaterra en unos pocos días. Bueno…, ¡quién se cree eso! Y más saliendo la propuesta de una chiflada inculta y de un pueblo olvidado e insignificante…
No quiero alargarme con más asuntos que, desde mi punto de vista de librero y de librero amante de las pequeñas librerías de recomendación, me parecen incongruentes. En la película y en la novela. En fin…


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

2 respuestas hasta ahora.

  1. MaryCarmen dice:

    Mi querido Javier, creo que te atacó la “deformación profesional” ¿Has leído Mi maravillosa librería de Petra Hartlieb? O ¿Una librería en Berlín de Françoise Frenkel?En ocasiones, las historias que menos cuadran son las que más enamoran.Tu extrañeza ante la expectación que provocó esta película es la misma que yo sentí ante la concesión del Planeta a Javier Sierra. ¡Ya ves que la vida está llena de incongruencias!


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