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Tinto de verano: Los autoautores, de la pena al olvido

Publicado por Javier El 03/06/2018 a las 6:45 2 Comentarios

Tinto de verano libreria de javier

De vez en cuando cojo el trapo del polvo y les quito esa pátina de aburrimiento que atesoran sobre sus páginas. Me refiero a los libros de autoedición.
La autoedición es en la literatura, en términos generales, el “yo me lo guiso y yo me lo como”.

Cuando se empezó a poner de moda el editarse uno mismo sus escritos —yo los llamo autoautores—, no había día que no aparecieran unos cuantos “presuntos escritores” por la librería. Me dejaban algunos ejemplares que, a tenor de su cantidad, los acomodaba en una estantería creada para ellos. Poco a poco empezaron a desbordar ese anaquel. Ocupé otro. A las pocas semanas también estaba lleno. Lleno de sus egos, que desbordaban cualquier número infinito imaginable. Fue cuando me dije “basta”.

Algunos sostienen que la autoedición es el cáncer de la literatura. Yo no sería tan tajante. No conviene mezclar autoedición con literatura. En general está más cerca del oxímoron que de un arte. Los egos de muchos juntaletras casi siempre acaban en papel. Es el gran vicio de los graüómanos, pasar todo a letra impresa, como si con ello cogiera el texto cierta calidad. Al comienzo de los tiempos, cuando los libreros éramos inocentes, les admitíamos sus “obras”. Con los años vimos que no se vendía ni uno. Nadie preguntaba por ellos. Ni ellos hacían publicidad de esas “obras” dejadas en la librería. Empezaban a coger moho.

Los primeros juntaletras que aparecieron por la librería me dieron pena. Alguno parecía que incluso había leído sus escritos. Y los había corregido. Algo. Ja. Algo, muchas veces, es demasiado. Mi sensación, cuando el interfecto salía de la librería y me ponía a ojear su texto, era de que no había leído un solo libro en su puta vida. Así, dicho a las claras. Con el tiempo cogí experiencia. Les preguntaba cuáles eran sus autores favoritos. Sus influencias literarias. No solían contestar. Hubo uno que me dijo que no leía nada, para no contaminarse de otros escritores. Después de esa respuesta enmudecí varios días.

Los libros que recogía en mi librería acababan en las estanterías por un sentimiento de pena hacia el autor. Generalmente —los primerizos— ponen cara de cordero degollado al enseñar su libro. Y eso me puede. Todo el mundo sabe que soy un concienzudo activista de la causa animal. Otros, ya más avezados, y con varias obras en su haber —y digo obras en su haber porque no hay forma de que se las quiten de encima—, van de prepotentes. Tengo una deliciosa y jugosa colección de tarjetas de visita con los oficios de los susodichos “escritores”. Poeta, novelista, escritor a secas, autor de obras de metaliteratura, escritor metasófico… No hay apelativos suficientes para estos presuntos autores de obras de autoedición.

La distancia de la pena al olvido se mide un unidades de tiempo. Unos simples meses bastaron para evitar ese “decir no me hace sentir culpable”. Ya no admito ninguna obra de autoedición. Bueno, casi nunca. Las obras enmohecen y descansan en paz años y años. Los autores que las dejaron ni siquiera aparecen a por ellas. Muchas veces pienso que no quieren dar la cara, que sienten vergüenza… Incluso que puede que hayan muerto. O algo parecido. Algunas las he dejado en un banco cercano, a ver si se las llevan. Ni por esas. El otro día hice paquetes con ellas. Las llevaré a la hoguera de santa Lucía. La santa es maestra en dar buen uso de las palabras vanas y prepotentes.


About Javier

Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

2 respuestas hasta ahora.

  1. MaryCarmen dice:

    La estantería de tu librería me recordó a la historia que cuenta Foenkinos en La biblioteca de los libros rechazados. Como sé que este escritor te gusta, estoy segura que disfrutarías con su lectura. Y la autoedición es tan inquietante para la literatura, como ciertos “Premios” Y no digo nombres, porque una es más interesante por lo que calla que por lo que cuenta, jajaja!

    • Javier dice:

      Tienes toda la razón. Foenkinos es fantástico y muy original en todos sus libros. Y el mundo de la autoedición es algo más que inquietante, es peligroso. Sus libros empiezan a ocupar los sitios de otros que merecen más la pena. Y lo curioso es que los autores que los dejan nunca más vuelven a la librería. Un gran misterio. Un abrazo.