La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

Speakers’ Corner: Poemas para la noche de los libros

Publicado por Javier El 04/05/2008 a las 11:43 Añadir comentario

José Manuel Lucía Megía- Ernesto FilardiComo todos sabéis el pasado 23 de abril se celebró, un año más, La Noche de los Libros. En esta celebración, como ya os anticipamos, colaboraron varios autores. Entre ellos estuvo José Manuel Lucía Megía que, junto a Ernesto Filardi, deleitaron a los allí congregados con un maravilloso duelo de poetas. En este particular duelo se declamaron poesías de ambos autores.

José Manuel Lucía Megía pone a vuestra disposición algunas de las poesías que se leyeron esa noche.

Disfrutar de ellas.


3.

«Ven pronto,
mi amado.
Los racimos
de besos
están ya maduros».

Apoyado en el balcón,
mirando al oeste,
espera cada noche
el milagro de un encuentro,
repitiendo como una oración
ese nombre extranjero
que le llena de miel los labios
y de sonrisas los amaneceres.

«Ven pronto,
mi amigo.
Lejos queda el invierno.
Ven pronto,
amado mío,
que ya me quema la espera».

(De Trento (o el triunfo de la espera), inédito)

11.
(el nuevo Laurino)

Esperaré.
Esperaré la primera oportunidad,
el primer golpe de suerte
y te llevaré a mi palacio de primavera
donde nadie podrá verte nunca jamás.

Todo mío.
Sólo para mí.

Los lamentos de tu familia
podrán convertirse en diamantes
y sus súplicas en minas de oro.
Nada volverá a separarnos.
Nada a partir de ahora.

Vivirás entre mis brazos
del día a la noche,
en el jardín de rosas de mis brazos.

Nadie sabrá de ti.
Nadie conocerá tu paradero.
Ni de noche ni de día.

Entre las rosas de tu pecho
sueño con pasar el resto de mi vida.
Los dos solos, perdidos en el jardín
de un tiempo sin horarios ni relojes,
rodeados de rosas
en el jardín lejano de la espera.

(De Trento (o el triunfo de la espera), inédito)

CANCIÓN PARA ANA 

SENTADO EN MEDIO DE LA PLAZA DE LAS COMENDADORAS,
en un banco rodeado del eco de risas y gritos infantiles,
acunado por miles y miles de gatos (blancos y negros),
gatos grandes, gatos enanos, gatos en vías de procreación,
gatos miseria y gatos de Angola, gatos, en fin, como tus ojos,
miro tu ventana y te imagino detrás de ella,
y así veo:
una sábana por techo y un corazón de lana con colchón
en donde alguna vez todos hemos dormido nuestros mejores sueños;
unas manos que cuando se ofrecen -siempre se ofrecen-
forman el mágico cuenco de un rosario sin reproches,
como la premonición de un bautismo que huye del agua,
de ese bautismo de unos hielos escondidos en la nevera de la vecina
y de ese color rubio que sólo reconoce el whisky entre tus manos.
¿Quién puede negar entonces tu nombre?

Y dos niños a mis espaldas se cuentan historias de miedo
con finales de brazos disecados y de uñas que hacen juego con los escaparates,
y terminan por morderse las manos y los codos y los hombros,
y mejor así, mejor sin manos, mejor sin brazos, mejor que esos yonquis
que se esconden en un rincón podrido de la iglesia
mientras una aguja brilla entre las velas y las oraciones pálida.

Pero tú no estés triste,
tú que reinas sobre la Plaza de las Comendadoras.
Tú que tienes el mundo a tus pies:
sólo has de alzar la mirada por encima de las antenas y los tejados.

Detrás de tu ventana imagino una multitud de recuerdos a tu espalda,
y todos los recuerdos llevan nombres y apellidos de caricias.
Y de pronto, te levantas -¡por fin!- y ese libro que te rodeaba las rodillas
huye asustado porque ha olvidado su definición académica,
y los folios se han convertido en palomas que no se equivocan,
porque revolotean alrededor de una luz que lleva tu nombre.
Y esa luz es un faro, es ese faro al que todos nos giramos
cuando nuestro corazón se inunda en los días sin nombre de oscuridad,
cuando las olas de la tristeza hacen naufragar las arrugas de nuestra frente.

Y una anciana parece un árbol caído en medio de la calle;
se mueve tan lentamente que parece haber descubierto el silencio de la inercia.
Y detrás, un perro, un diminuto perro que se ha olvidado de recordar,
la edad que un día sus amos le sonrieron mirándole a los ojos.
Y entonces la anciana cae al suelo,
y entonces las bolsas de basura gris caen al suelo,
y entonces el perro se aleja lentamente buscando la sombra de un árbol.

Pero tú no estés triste;
tú que te has alzado por encima de los tejados de la Plaza de las Comendadoras.
Tú que miras el café Moderno, el restaurante mexicano como una estrella.

Y de pronto, la Plaza de las Comendadoras se ilumina, como un volcán,
en el momento en que abres de par en par las ventanas de tu corazón.
Y nadie en la agencia espacial ni en los sesudos despachos de las academias
es capaz ni de imaginar la puesta en belleza de este espectáculo;
y tu corazón es un mundo, un universo de caricias y abrazos;
y unas lágrimas que se confunden con una tormenta de verano
terminan por arrancar los recuerdos podridos de tus aceras,
y en ese instante me atrevo -¡por fin!- a mirarte, a alzar los ojos a tus ojos,
y te veo con ese corazón palpitante entre las manos,
y te miro y entonces tú también te das cuentas de que existo,
de que dos ojos te observan desde un banco de tu Plaza,
y me haces una seña con las manos y tu sonrisa todo lo ilumina,
y me levantas por los aires y me ahorras los trescientos escalones
que te separan de las calles inundadas de botes de coca-cola.
Y cuando entro por tu ventana, corazón abierto de par en par,
disfruto con ese sonido tan cercano, con ese sonido que tan bien recuerdo,
que unos dirán que debe ser el hielo en los vasos de whisky,
otros que el viento que intenta resbalar como el susurro de un secreto,
pero yo sé que no, que tú sabes que no; nosotros sabemos que no.
Entro desde tu ventana a tu silencio, a esa soledad que compartes,
dejándome llevar por el cálido ronroneo de tu corazón.

Y así, sentado en medio de la Plaza de las Comendadoras,
te veo sonreír desde tu ventana de sílabas cariñosas,
desde tu tacto que necesita palpar para poder creer
y esta sonrisa es toda la felicidad que necesito,
y esta sonrisa es toda la felicidad que necesitamos.

Y así, tú no estés triste;
tú que reinas por encima de las ventanas de la Plaza de las Comendadoras;
tú que acompañas el milagro del día cada mañana al levantarte;
tú que iluminas nuestras noches con el tono cálido de tus palabras;
tú que necesitas hablar cariños como otros deshojar margaritas;
tú que santificas el nombre, en ocasiones amargo, de la amistad;
tú que nos dejas okupar sin resistencia las cuatro esquinas de tu casa;
tú que nos dejas hacer nuestra voluntad en la tierra y en el cielo.

Tú no estés triste:
no hay dolor que se resista a la corona de tu sonrisa.

(De Canciones y otros vasos de whisky, Madrid, Sial, 2006)

[4]
25 de octubre: 10’00 horas
(El mausoleo de Mao)

SÓLO ILUMINADA la cara; la sala oscura, oscuro el traje.
Dos filas a sus lados reverenciales y rápidas como una marcha militar.
Las flores que se venden a la entrada se quedaron a los pies de la estatua,
las mismas flores que se venderán en la entrada dentro de una hora.
La fila crece en el lateral de la Plaza de Tian’anmen;
pero todo está controlado: no hay anuncio hoy de manifestaciones.
Por el altavoz se escuchan proclamas y poemas como oraciones,
y el nerviosismo crece por momentos en el paso de los más ancianos.

Sólo dura un segundo…
pero es suficiente.

Las escaleras se suceden como las dunas del desierto
y no hay tiempo para detallar el edificio levantado por el pueblo;
setecientos mil voluntarios trabajando bajo la dictadura de diez meses.
Mármol puro; frío mármol digno de cavarse en un cementerio.
Dos filas que avanzan a golpe de órdenes y de gritos.
Y en la sala todo es silencio;
sólo está permitido el crujir de los zapatos y de los suspiros.
La cara iluminada, como un sol, en medio de la sala oscura.

Sólo un segundo para ver el perfil luminoso de Mao…
pero es suficiente.

(De Cuaderno de bitácora, Madrid, Sial, 2007)

José Manuel Lucía Megías.

© 2008 – José Manuel Lucía Megías


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Librero sin remisión. No sé hacer otra cosa que hablar de libros y escritores.

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