La librería de Javier

Un punto de encuentro para los amantes de los libros

Oporto reúne bastantes atractivos como pasar seducirnos a repetir visita. Dispone de gran variedad de tiendas: varias de ellas con un sabor y amplitud deslumbrante; otras, pequeñas y encantadoras. Tiene una oferta gastronómica muy destacable, contando con los campos que la rodean y el ser puerto de mar. Las carnes, así como las verduras, son frescas siempre, pero los pescados, con una amplia variedad en cualquier restaurante que se precie, son una gran exquisitez. Y ello sin contar con la gran amabilidad con la que tratan al visitante.

Y para los amantes de la arquitectura Oporto ofrece edificios de moderna factura en museos y nuevas construcciones alternando con otros clásicos y fachadas de gran belleza. A no perderse el precioso mercado antiguo de Bolhao. Pero algo muy de destacar es el poder admirar los seis puentes que comunican Oporto (Porto en Portugués) con la vecina Gaia, ambas ciudades separadas por el Duero y que fueron el origen del estado vecino. Si nos paramos a ver los nombres de las dos ciudades, unidos, se ve el origen semántico de Portugal, cuyo origen histórico no es menos curioso y singular.

A todos los que no conozcan esta ciudad les animo a visitarla. Al menos un fin de semana. Es tiempo suficiente para aprehender bastante del espíritu de Oporto. Si bien a nuestra llegada, si nos desplazamos en avión, es conveniente coger un taxi -es lo más conveniente habida cuenta del laberinto de calles de la ciudad y del precio tan barato de este transporte- hemos de estar preparados por el gusto a la conducción a gran velocidad de estos profesionales. Y como curiosidad el contaros que sea el destino que sea en la ciudad el viaje solía costarme unos cinco euros. El infarto, he de admitir, no entraba en el seguro.

Una vez fuera del hotel se impone un paseo tranquilo por la ciudad y las dos calles peatonales más importantes, rua de Santa Catarina y rua de Sa Bandeira, con tiendas a muy buen precio y cafeterías y pastelerías como para hacer varias paradas. Iglesias con bellas cerámicas en sus muros y retablos barrocos están por todas partes, pero no hemos de perdernos por nada en el mundo la obra maestra que es la Iglesia de Sao Francisco, una maravilla se mire por donde se mire y en la que nos quedaremos con un dolor de cuello terrible ante tanta belleza cenital.

Y, caída la tarde nos debemos dirigir a la orilla del río “Douro”. Allí podremos admirar siguiendo los paseos que le bordean varios puentes. Los dos más destacables son los practicados en acero, obras del arquitecto Teófilo Seyrig, el Ponte María Pía, acabado en 1877 y construído por la empresa de Gustave Eiffel y el Ponte Luiz I, con sus dos tableros, el superior como vía ferroviaria y de paseo de peatones, con unas vistas increíbles y que nos acercan a Gaia por el mirador de la ciudad, y el paso inferior, para vehículos y, asimismo, para peatones.

Pero, lo más bello y placentero de esta ciudad es sentarse en uno de los muchos restaurantes -con espléndidas cartas todos ellos y nada caros- y estar cenando a la luz de las velas y de la iluminación del puente de Luis I mientras vemos llegar la medianoche. Al principio me asombré al ver la cantidad de franceses que había la primera noche que me senté allí. Al poco, cuando entré en la atmósfera mágica de la noche con sus cantantes de fados, pude percatarme de la razón. Cenar unos buenos pescados en el paseo del Duero, bajo el bello puente de Seyrig y, al acabar, dar un tranquilo paseo por el borde del río con la bella iluminación reinante es lo más parecido que hay a la magia de los puentes de París al borde del Sena. Con la diferencia del precio -Portugal sigue siendo muy barato- y de la gran amabilidad de todos sus habitantes. Nada, lo dicho, estoy esperando tener un fin de semana libre para acercarme de nuevo.
Oporto enamora.